Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hoy, mañana o pasado mañana, los libios van a despertar y el dinosaurio ya no estará ahí. Muamar Gadafi, a la hora de escribir esto, todavía no cae en manos de los rebeldes; tampoco, que se sepa, ha huido a otro país. Su hijo y supuesto sucesor, Saif al Islam, se sigue presentando desafiante ante los periodistas internacionales.
En contraste, otros dos hijos hombres de Gadafi ya están en manos del Consejo Nacional de Transición. Como van las cosas, lo más probable es que el dictador, sus hijos y sus cómplices más cercanos no sólo sean apresados, sino que terminen juzgados por la Corte Penal Internacional.
Cuando un pueblo se insurrecciona contra un tirano estamos por definición ante una revolución democrática, lo que no significa que el resultado final sea democrático. Alguien podría secuestrar la revolución por el camino. Con todo, por incierto que parezca el futuro de Libia, estar peor que bajo Gadafi es imposible.
El presente desenlace tiene consecuencias trascendentales. Empecemos por una obvia: el descontento masivo, que en las democracias conduce a cambios políticos significativos sin por fuerza dar al traste con el sistema, bajo una dictadura tiende a conducir a una insurrección que la mayoría de las veces borra al régimen del mapa. Las dictaduras carecen de válvula de escape. Por eso explotan y por eso, aparte de inmorales, son formas ineficaces de gobierno.
La segunda consecuencia de peso es que a veces los gringos hacen parte del problema y a veces, como en Libia, parte de la solución, así que prejuicios a la porra. Otro cantar es si las potencias occidentales, y en particular Estados Unidos, entenderán lo que ha pasado. ¿Digerirán el dramático contraste entre la costosísima, demente, larga y fracasada invasión a Irak, y la rauda, moderada y exitosa intervención de la OTAN en Libia? ¿Entenderán que en el siglo XXI los cambios los tienen que emprender los pueblos y no unos burócratas (mal) iluminados del Primer Mundo? Más adelante se sabrá.
Nadie negará, supongo, que los ataques aéreos de la OTAN fueron cruciales a la hora de nivelar el campo de batalla, lo que condujo a que prevaleciera el lado apoyado por las masas, apoyo nunca más evidente que durante la fiesta popular desatada el domingo 21 de agosto por la noche en la emblemática Plaza Verde de Trípoli, ahora rebautizada “La plaza de los mártires”. No obstante, el destino de Libia, bueno, malo o pésimo, será obra de los libios, no de la OTAN.
Dadas las enormes reservas de crudo y la extensa costa de Libia sobre el Mediterráneo, todo el mundo anda nervioso con lo sucedido. Los más nerviosos, sin embargo, son los autócratas del ancho mundo. Y no hablo tan sólo de los dictadores de Arabia Saudita, Kuwait o Siria. Por las declaraciones histéricas de Hugo Chávez, el cubrimiento penoso de Telesur y las mentiras propaladas por los cubanos, entre otros, puede hacerse un mapa de quienes temen que el ejemplo se contagie. Está, además, el agravante de que a Gadafi no le funcionaron los bombardeos despiadados sobre los civiles o los miles de mercenarios que contrató. Mal pronóstico, pues, para los que creen en la mano dura.
El Medio Oriente ha sufrido un cambio extremo en el último año. Subsiste, sí, el eterno problema palestino y la demencia colectiva de Israel; tampoco se sabe cómo terminarán las cosas en Túnez y Egipto. Pero esos son asuntos para mañana; lo de hoy es alegrarnos con la caída del tirano libio.
andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes