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El animal del año que comienza va a ser la lora.
Habrá lora frita, lora asada, lora estofada, lora al escabeche, lora diaria, lora estridente, lora incesante. No se cansarán de dárnosla los distintos alfiles de la derecha, entre ellos Juan Lozano y Jaime Castro, antiguos liberales godificados, María Isabel Rueda, de retorno a sus viejos pagos del alvarismo, Hassán Nassar y Claudia Gurisatti, voceros del Fox News colombiano, para no hablar de los numerosos miembros oficiales del uribismo, en particular los tres precandidatos presidenciales. Claro que la lora máxima, la guacamaya, correrá por cuenta del propio Uribe, dueño oficial de la jaula, quien es incapaz de mantenerse callado más de cinco minutos. Queramos o no queramos cacao, nos servirán taza tras taza del más espeso y caliente que les salga de la olleta. Es que si por alguna razón se les enfría, la gente se dará cuenta de que en realidad no es cacao, sino un engrudo maloliente e indigesto. Estamos de regreso a los tiempos del millón ochocientas mil cédulas falsas de Laureano Gómez, el gran precursor de lo que hoy llaman la posverdad.
Los que amaestraron la lora se pegan de lo nimio, si lo importante no les da la razón. Y cuando surgen problemas serios, como sucede en cualquier país que haya estado hospitalizado durante décadas por cuenta de tiroteos interminables, la alharaca se intensifica con coro y redoblante. Nos van a castigar por haber apoyado la paz y vamos a recibir coscorrones, como cualquier guardaespaldas de Vargas Lleras. Los pocos disidentes de las Farc se verán amplificados con lupa, mientras que los miles de guerrilleros que dejarán las armas serán invisibles. Las Farc, en su infinita torpeza política, no entenderán tampoco que la gente no los quiere e insistirán en su seguidilla de declaraciones provocadoras y mentirosas. Igual, los de la lora pretenderán que olvidemos que el ruido de las Farc será un ruido desarmado y sin balas que, por lo mismo, podremos ignorar, como quien oye llover.
Ante la copiosa lora que vendrá, no sobra repetirse las viejas preguntas del filósofo ingenuo: ¿de dónde venimos, para dónde vamos? No, amigos de la lora, no venimos del país de Jauja donde todo marchaba de maravillas, sino de un país que debió armarse hasta los dientes y sumergirse en una guerra interna que, al igual que todas las guerras internas, fue muy sucia. Venimos de un país que firmó tratados de libre comercio y que, en vez de prepararse para aprovecharlos, se dedicó a gastar lo que producía el festín extractivista, como si no hubiera mañana. Padecimos en pleno la enfermedad holandesa, cortesía de Álvaro Uribe, el dueño de la jaula, un mal que el actual gobierno, con su endémica debilidad y su baja gobernabilidad tan solo enfrentó de manera muy tímida. Terminada la fiesta, quedaron el guayabo consumista y el hueco en la balanza de pagos, los cuales fue necesario remediar mediante una reforma tributaria tan precaria como necesaria.
De oír lo que dice la lora, todo esto carece de pasado. La lora, por su propia naturaleza, es un animal sin memoria. La lora no sabe hacer comparaciones, solo ruido.
En cuanto a para dónde vamos, ojalá nos convirtamos en un país con conflictos normales, como hay decenas en el mundo. Por el camino, haríamos bien en cansarnos de la lora y en rechazar el cacao. Tal vez solo así quienes se oponen a todo se vean obligados proponer soluciones seria.
Posdata: Deseo Feliz año a todos los lectores.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes