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La plata del otro

Andrés Hoyos
07 de octubre de 2008 – 09:05 p. m.

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EN EL CORAZÓN DE LOS CATACLISmos bursátiles y bancarios de las últimas semanas se halla un viejo descubrimiento financiero que dice que la forma más rentable de hacer negocios es utilizando la plata del otro.

Aunque los famosos derivados y demás instrumentos financieros pueden llegar a ser de una complejidad exasperante, el fenómeno básico tiene una explicación sencilla. Digamos que yo hago un negocio con recursos propios y que mi rentabilidad va de tasas razonables, entre el 12% y el 15% anual, hasta otras extraordinarias que andan por los reinos del 40% o del 50%. Varios años de rendimientos parecidos a estos últimos me harán rico, pero ciertamente no un magnate. De tener la suerte en contra, las pérdidas serán mías y me dolerán mucho. Si, en cambio, me beneficio aunque sea en forma marginal del rendimiento de un capital que no es mío, mi rentabilidad puede ser explosiva, sólo que para conseguirla estoy por fuerza arriesgando la plata del otro. En caso de que el capital expuesto sea gigantesco –lo ideal en términos de ganancias–, ya se ha visto: se corre el riesgo de causar una catástrofe.

El pegante que lo suelda todo en estas materias tiene un nombre antiguo: confianza. “Confianza” viene de “fe”, y la fe es irracional. Con todo, la irracional confianza es un bien imprescindible que permite la civilización. Por eso me parece tan grave que tras los avatares recientes vaya quedando moribunda la confianza. ¿De quién es la culpa? Aquí viene un primer lío: la culpa es del mercado desbocado que colapsa y, por lo tanto, no es de nadie, a despecho de que en los meses que siguen terminen en la cárcel varios especuladores abusivos que fueron agarrados con las manos en la masa. Pero lo esencial es que la confianza ambiente se ha reducido en forma dramática, de suerte que veremos movimientos caóticos durante un buen tiempo, los cuales tan sólo serán trancados por el duro piso, o sea por la noción una vez más irracional que al final decanten los verdaderos dueños del capital sobre quién merece confianza y quién no.

Este lunes, sin embargo, sucedió algo grave: los mercados bajaron mucho después de aplicada la medicina, y eso, para cualquier médico, es muy preocupante. Te gastaste tu mejor antibiótico, y la fiebre del paciente apenas cedió un poquito para luego arreciar de nuevo. Por si hiciera falta, en los años venideros resurgirán con fuerza el problema energético y el problema urbano.

 El papel fundamental de enfrentar este maremágnum está a punto de recaer en un hombre improbable: Barack Obama. Nunca he envidiado a los políticos y mucho menos lo envidio hoy a él. Obama deberá dar no uno, sino cuatro o cinco virajes drásticos, raudos y certeros para arreglar la situación. ¿Sí será Obama el as del volante que se requiere? McCain, por supuesto, no lo es.

No soy el único que piensa que la segunda Edad Dorada (Gilded Age) de la que hablan los historiadores está llegando a su fin. Podríamos aprender algo de tan tremendo despelote, sí, pero también podríamos no aprender mayor cosa. Por lo pronto, la ocasión está que ni pintada para el surgimiento de la izquierda pensante del siglo XXI. ¿Estarán, sin embargo, nuestros amigos los zurdos pensando el tema con la cabeza? Revivir las profecías y soluciones decimonónicas de Marx no es la salida. Creo, en fin, que el tema amerita que le gastemos más tinta.

andreshoyos@elmalpensante.com

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