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La sociedad del espectáculo es primitiva y bárbara, hasta el punto de que uno de sus rituales más comunes es el sacrificio humano.
La lista de famosos, víctimas casi siempre de un harakiri ejecutado con el cuchillo de pedernal de la fama, es interminable: Elvis Presley, Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Elis Regina, Kurt Cobain, Michael Jackson, Amy Winehouse y mil más. El sábado pasado le tocó a Whitney Houston.
Este ritual propiciatorio hunde sus raíces en el romanticismo, aquel impetuoso movimiento lleno de poetas suicidas, egocéntrico y generoso a la vez, sentimental y cruel. El romanticismo exaltaba la juventud quizá porque intuía que los románticos envejecen mal. Si Lord Byron no se hubiera maltratado sin parar hasta morir a los 37 años en Missolonghi, podría haberse convertido en un multimillonario poltrón como lo es hoy Mick Jagger, su descendiente directo.
La sociedad del espectáculo quita con la misma facilidad con la que da, y el camino al altar de los sacrificios suele incluir una parada en esta contingencia que, no por repetida una y otra vez, deja de tener el mismo efecto devastador. El síndrome de abstinencia puede ser brutal: desaparecen los reflectores, los entrevistadores obsecuentes, las multitudes desmelenadas e histéricas, las invitaciones a palacio, pero quedan el espejo matinal y la memoria machacona. Algunos resisten resignados, otros no.
Ahora que no todos los sacrificados en el altar del espectáculo estaban en decadencia artística, como Whitney Houston. En ocasiones los elegidos se hallan en pleno cénit e igual son víctimas del caballo desbocado que llevan por dentro. Los fans tal vez no se percaten, pero a todo lo largo el divo o la diva andaba bailando el Totentanz medieval, o sea la danza de la muerte.
Este ritual mefistofélico tiene algo que la gente de a pie no entiende porque no lo vive: que el artista romántico daría cualquier cosa por mantenerse donde está, por sostener ese ritmo alocado que se convierte en un vicio. ¿Arriesgar la vida e incluso perderla? Es poca cosa. De ahí que la crónica de los sacrificios casi siempre venga trufada con mil psicotrópicos, incluyendo por supuesto al alcohol, como otros tantos medios artificiales para hacer más intenso, y a la vez más breve, el viaje fantástico con destino a Missolonghi.
¿La vida del artista famoso es igual a la del resto de la gente? Yo diría que no, que esa mezcla de adoración, disponibilidad sexual y poder crudo que otorga la fama pone patas arriba la psicología de cualquier persona, sobre todo si es muy joven. Lo que sí es igual, descontando el ocasional don de una belleza deslumbrante como la de Whitney Houston, es el cuerpo con el que la estrella va de bólido por el mundo. Y un cuerpo humano, por más que haya sido alimentado con primor y ejercitado en todas las gimnasias, tan sólo resiste tanto castigo.
¿Quién es en últimas el verdugo en este melodrama poco edificante? Dudo que la mayoría de la gente consienta siquiera en pensarlo, pero los verdugos somos los fans que tan pronto entregamos nuestro afecto de forma aparentemente incondicional como se lo pasamos a la siguiente estrella, que celebramos las gracias más locas y peligrosas, que suspiramos hasta que un día dejamos de suspirar.
En todo caso, pronto vendrá alguien a suplantar a Whitney Houston en el altar de los sacrificios.
@andrewholes