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El sábado pasado estuve en la ciudad universitaria de Bogotá viendo un par de exposiciones.
Aunque había poca gente por ser fin de semana, el campus era el mismo que vi hace unos meses. Sigue estando desportillado, descascarado y averiado, pese a que aquí y allá se nota una cierta actividad de construcción. Pero eché algo de menos: la marea de grafitis radicales ha bajado de manera notable. Sí, queda alguno por ahí, si bien lo que hoy se ve no es ni remotamente comparable con el tropel de siglas, consignas e imágenes incendiarias que durante décadas vociferaba desde las paredes. Sobre todo, no había nada alusivo a las Farc. Consulté con gente de la universidad sobre este silencio y hubo división de opiniones: para unos es apenas temporal, otros dicen que las milicias andan debilitadas y, además, desorientadas.
Me cuentan que hace un par de semanas, 2.000 estudiantes fueron al auditorio León de Greiff a oír las propuestas de los candidatos a la rectoría. A la mitad del debate, 15 encapuchados ingresaron para usurpar los micrófonos y lanzar arengas. Pasó entonces algo insospechado: los 2.000 estudiantes los expulsaron del auditorio al unísono.
Alguna vez expresé aquí la sospecha de que las milicias urbanas son los sectores más radicales de las Farc por cuenta, entre otras, de que una cosa es enfrentar a los rudos miembros del Esmad y otra del todo diferente despertarse a las cuatro de la mañana en un campamento que está siendo sometido a un bombardeo de precisión. De lo uno se puede salir contuso; de lo otro, muerto. Uno también sospecha que las ideas revolucionarias se erosionan con facilidad en medio de la tediosa rutina del monte, mientras que las conspiraciones citadinas no dejan de ser emocionantes.
Dicho esto, las milicias que rodean a la guerrilla y que según cálculos muy aproximados pueden triplicar el número de guerrilleros armados, constituyen desde hace mucho tiempo la gran incógnita. No solo es difícil saber qué piensan estos miles de milicianos, sino que los negociadores de La Habana no los representan a cabalidad. Son, por eso mismo, los que más huérfanos quedarían tras un acuerdo de paz, pues llevan años, quizá décadas, con la idea de ser algún día burócratas de un régimen revolucionario, perspectiva que ahora se desvanece ante sus ojos. ¿Qué hacer, entonces, terminar la universidad, buscar trabajo, sumarse al proceso de paz con el peligro de ser estigmatizados?
Los milicianos en su inmensa mayoría serán objeto de amnistía, ya que apenas un puñado ha estado involucrado en secuestros u otros crímenes de guerra o de lesa humanidad. Pueden, por lo tanto, dedicarse a la política, solo que si no va a haber un cambio radical sino apenas una serie de reformas, la ideología revolucionaria se vuelve obsoleta de repente. Además, pertenecer a un partido legal salido de las Farc es poco apetitoso. ¿Por qué? Porque la tradición de mentiras, tergiversación y marrullas que tenía sentido como instrumento de guerra es contraproducente como instrumento de activismo legal. ¿Y qué decir del ideario, cuya espina dorsal decretaba que había que echar la democracia burguesa a la basura para reemplazarla por quién sabe qué, mientras que ahora esa misma espantosa democracia burguesa y las posibilidades de reforma que ofrece son lo único que queda? No tengo la respuesta, pero creo que hay que oír a estos milicianos a ver qué están pensando.