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En la frase "partido de centro" el primer sustantivo es mucho más importante que el segundo; y en Colombia, también resulta más problemático.
La semana pasada Enrique Peñalosa, el mismo que lanzó un eficacísimo sistema de transporte público en Bogotá, que fortaleció las finanzas de la ciudad y que privilegió lo público sobre lo privado, un gran alcalde que sería sin duda un integrante clave de un posible partido de centro, se quejaba en El Tiempo de que en el Congreso se discute una reforma política excluyente que privilegia a los partidos.
No seré yo quien elogie el proyecto de reforma que cursa en un Congreso de legitimidad tan escuálida, pero sí me surge una pregunta: ¿ha pensado Enrique en el destino que correría un movimiento personalista, como los que a él le gustan, en Francia, en Suecia o en Alemania, es decir, en cualquier país con una democracia sólida? Las posibilidades electorales de semejante movimiento serían nulas, pues en un país serio se necesita pertenecer a un partido para hacer política.
Que sea justamente Peñalosa quien plantea el tema me permite recurrir a una analogía: así como los bogotanos no sabíamos qué son y para qué sirven los paraderos de bus hasta que llegó Transmilenio, los colombianos no saben o han olvidado qué son y para qué sirven los partidos políticos. Quizás los comparan con el par de esperpentos que han visto toda la vida y piensan que son eso. Pero no, las ruinas que hay aquí no son partidos, son fantasmas de partidos.
A quien ejerce la función pública sin partido o con fantasmas le resulta casi inútil imponer decisiones impopulares aunque necesarias, porque luego viene otro y las debilita o las desmonta justamente por la popularidad inmediata que deriva del acto. Resultando esto tan obvio, ¿por qué será que Peñalosa, Mockus, Fajardo, Lucho Garzón y tantos otros políticos valiosos de centro van cada uno por su lado hacia la final intrascendencia? Por vanidad, digo yo.
El dilema no es entre partido y movimiento, sino que consiste en saber si los partidos tradicionales son rescatables o si es necesario fundar otros nuevos. Y las tribulaciones del propio Peñalosa me llevan a inclinarme por lo segundo. Cuando hace unos años él quiso regresar al Partido Liberal de su padre, primero lo trataron a los empujones y luego debió volver a salir por la puerta de atrás. Ahora Peñalosa está a punto de ingresar a Cambio Radical, otra estructura personalista, ubicada claramente a la derecha del espectro. De ingresar a Cambio Radical, el ex alcalde estaría confirmando las sospechas, injustas en mi opinión, según las cuales él toda la vida ha sido un hombre de derecha. Y cometería, creo yo, un grave error.
¿Cómo se funda un partido? Pues sencillo: fundándolo, convocando a quienes quieren pertenecer a él, debatiendo y redactando un programa que tome posición sobre las polémicas de fondo y procediendo a gestar la estructura con aportes económicos, reglas de juego, normas de disciplina y demás. El problema para los vanidosos es que, una vez fundado el partido con éxito, éste se tiene que volver más importante que sus líderes, y en consecuencia ellos deben someterse a decisiones colectivas que, a veces, implican agudas contrariedades. Me pregunto, sin embargo, si habrá una contrariedad mayor que la de ver lo que uno ha hecho desmontado por su sucesor, sólo porque no hubo quién lo defendiera con vigor.