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Ningún bogotano que no sufra de una tremenda indigestión ideológica puede desear que a Gustavo Petro le vaya mal en la Alcaldía. Aunque el posible éxito del alcalde constituye una gran incógnita, se me ocurren varias claves que habrá que ir observando.
Hablemos primero de la gobernabilidad con la que se inicia el mandato. Petro obtuvo en Bogotá 241.384 votos en la primera vuelta presidencial cuando competía con otras opciones atractivas. Este grupo, podría decirse, es el núcleo duro del petrismo. En las elecciones de octubre, su candidatura obtuvo 721.308 votos, ganando casi medio millón de votantes, caudal que ha de estar conformado por algunos convencidos recientes, por los muchos que rechazaron la alianza entre Peñalosa y Uribe, y por los adeptos tibios que escogieron a Petro como un mal menor. Venga de donde venga, el apoyo de esta franja es frágil y puede voltearse con relativa facilidad, en particular el inspirado por el voto de castigo.
El alcalde, sin embargo, no ha dejado de ser el tribuno entusiasta que se deja arrastrar por sus propias palabras. El inconveniente con este tono mesiánico es que presupone un mandato más potente del realmente otorgado. La ciudadanía lo que le dijo a Petro fue: arregle el caos, gobierne con ponderación y haga cambios modestos, mientras que él parece pensar que le extendieron una patente de corso para dar saltos mortales. De ahí que si el alcalde se excede e irrita a los ciudadanos, la luna de miel podría ser breve. Piénsese nada más en los mayores recursos que pide el secretario de Hacienda, Ricardo Bonilla, los cuales tendrían que provenir de un aumento de facto en los impuestos, con el consecuente costo político.
Ahora bien, el otro inconveniente con el tono mesiánico es su carácter contagioso. Guillermo Asprilla, el director entrante de la Uaesp, asegura que su proyecto de “Basura cero”, con el que pondría a la ciudad a reciclar la totalidad de su desechos, se puede implementar en un año. No se necesita ser zahorí para profetizar que las ideas de este teórico sin experiencia gerencial son desmedidas y que es absolutamente imposible transformar en tan corto tiempo los hábitos de una ciudad de ocho millones de habitantes. Si el doctor Asprilla tiene suerte y sigue en el puesto, por allá al final del cuatrienio habrá logrado cambios de alguna significación en el reciclaje de basuras, no antes.
Petro también sobrestima su ilusión de tener a la “ciudadanía movilizada”, pues un mandato limitado implica asimismo un limitado poder de convocatoria. Es fácil, al tiempo que muy peligroso, presumir que la gente va a resolver los problemas ella sola, saltándose a los servidores públicos. ¿Debe acaso una ciudad permitir que se planten de forma caótica centenares de miles de árboles en donde se le ocurra a cualquiera? Tampoco suena bien eso de instalar miles de “jardines infantiles” en lugares improvisados y sin gestores expertos, pues así resulta casi imposible fomentar las mejores prácticas pedagógicas.
Los medios sin duda van a ser duros con Petro, en parte por las discrepancias políticas que tienen con él y en parte porque las propias audiencias así lo exigen. Por eso sería mejor que el alcalde bajara a tierra ya y se concentrara en las buenas propuestas que también ha formulado, como la de hacerle una urgente cirugía de fondo a la Universidad Distrital. Las cosas, en todo caso, prometen estar movidas durante estos cuatro años en Petrópolis.
andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes