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Poca envidia

Andrés Hoyos
30 de diciembre de 2008 – 08:34 p. m.

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COMO DIRECTOR DE “LA LUciérnaga”, Hernán Peláez es nuestro mejor comentarista de fútbol sin balón.

Hernán, químico de profesión, dedicó muchos años a hablar de fútbol, pero de repente se le apareció el humor político de alta cilindrada y no miró hacia atrás. Ahora dedica a eso lo mejor de su tiempo y poco va a los estadios porque ha de estar mamado de ponerle atención a una escena futbolística y a una selección nacional que oscilan entre el marasmo y la catástrofe.

Hay algo claro: en materia futbolística vamos mal y en 2009 no prometemos mejorar ni poquito. Allí donde el fútbol es pasión, como sucede en Colombia, la selección nacional es un microcosmos del país, por lo que el fracaso sistemático del equipo colombiano en años recientes habla, hasta cierto punto, de nuestro fracaso colectivo. Dadas la gran afición y la necesidad de progreso material de las familias pobres, la cantidad de jugadores potenciales es inmensa. Por eso mismo, no faltan las habilidades innatas que de tarde en tarde salen a relucir cuando algún criollo hace una jugada espectacular. Pero lo esencial es que la calamitosa superestructura de los equipos forma mal a los jugadores y hasta los pervierte.

Oírlos hablar es oírlos pensar. No dudo que la educación estatal, que por lo general han padecido estos muchachos en los años previos a sus carreras deportivas, sea todavía muy deficiente en Colombia. El problema, sin embargo, va más allá: la formación de carácter de los jugadores resulta mucho peor que su formación académica; de ahí que carezcan de una verdadera ética del trabajo. Estamos ante gente indisciplinada, volátil y de baja autoestima, como formada por DMG. Ha regresado a las filas un complejo de inferioridad que creíamos desterrado y que los predispone a la derrota.

Los dirigentes del fútbol local han sido, con escasas excepciones, gente de una apabullante mediocridad. No por otra razón les resultó tan fácil a los mafiosos apoderarse del deporte en Colombia. Aunque uno se hace la ilusión de que ese cáncer ya haya sido extirpado, bien podría estar pensando con el deseo.

A la hora de juntar una selección colombiana, brillan por su ausencia dos categorías de jugadores: armadores y goleadores. No estoy diciendo que lo demás sea lo de menos, pero sin candidatos sólidos en ambas categorías, una selección no llegará nunca a los octavos de final de un mundial, si es que, de chiripa, clasifica. La selección que fue al Mundial de 1994, el único equipo de verdadero talento que hemos tenido, sirve para reforzar lo dicho. Quería la suerte que por una vez hubiera un armador de primera, Carlos Valderrama, y tres delanteros o mediocampistas ofensivos que pasaban por momentos ideales: Asprilla, Rincón y Valencia. Pero de repente el carácter colectivo entró a la cancha y sin decir agua va el equipo se vino al piso. Cuenta la leyenda negra que voces turbias llamaban a terciar en las alineaciones y que la selección era un indisciplinado juguete de mafiosos. Sometido a la presión de la vida real, el equipo del 5-0 contra Argentina se derrumbó de forma estruendosa ante Rumania y Estados Unidos.

A veces es inútil tratar de reparar un edificio averiado y conviene demolerlo para empezar de cero. Eso, me temo, es lo que habría que hacer con la selección colombiana de fútbol. Abundan, sin embargo, los aplicadores de pañitos de agua tibia.

En fin, es poca la envidia que uno siente por los comentaristas de fútbol en Colombia.

andreshoyos@elmalpensante.com

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