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Respuesta a un chavista

Andrés Hoyos
07 de diciembre de 2010 – 10:16 p. m.

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ESTIMADO A., TRAS GUAPEAR CON SU sintaxis, su nula puntuación y su ortografía “creativa”, pude terminar de leer su mail. Colijo que no le gustó para nada “El desembarco”, la columna del mes pasado en la que yo les daba la bienvenida a Colombia a los venezolanos que Hugo Chávez saca a patadas de su país.

Cita usted a los cubanos “delincuentes” que llegaron a Miami a partir de los años sesenta, y creo que el ejemplo es útil. El exilio cubano es intransigente y se ha inclinado mucho a la derecha, pero también es cierto que sus miembros han tenido un gran éxito en los negocios, dan empleo a centenares de miles de personas y pagan cuantiosos impuestos en la Florida, no en Cuba. Cuando yo fui de visita a la isla, presencié una escena dramática. Estaba en Centro Habana (no confundir con la Habana vieja) y de repente se armó un avispero. ¿Qué pasaba? Pasaba que había llegado el pan a una panadería y que era preciso agarrar lo que se pudiera. La burocracia del PCC acepta ahora con cinismo que hace mucho está enterada de que el Estado es un total inepto a la hora de realizar actividades como hornear pan. Error macabro, sobre todo porque tiene cincuenta años.

Decía yo, y me sostengo, que la burguesía —venezolana, cubana o colombiana— no es buena en sí, sino que dadas unas reglas del juego claras y unos controles adecuados puede ser productiva y generar bienestar. En contraste, un Estado desbocado como el venezolano es una calamidad a la hora de hacer algo tan sencillo como importar y distribuir alimentos. La prueba fehaciente de ello es que se le pudren. No creo que sea culpa de los funcionarios específicos, así en un sistema hipertrofiado e improvisado como el venezolano haya cada avivato. Mi argumento es que el Estado no sabe realizar tareas como ésa y que el daño empeora si, además, decide vender por debajo de los costos, quebrando a cualquiera que quiera competir con él, sea el tendero de la esquina o el Grupo Polar.

A la gente le gustan las comparaciones, como si el mal del vecino arreglara la vida de los que viven al lado. Aun así, estoy seguro de que en Colombia hace mucho que no se ve un fenómeno como el de Walid Makled. Este personaje, que solía ser la niña de los ojos del régimen, cayó en desgracia por azar y ha venido describiendo con lujo de detalles una situación francamente increíble, estimado A., suficiente para meter a la cárcel a la mitad de la nomenclatura chavista. Un amigo que ha trabajado en Venezuela en tiempos recientes repite una descripción lapidaria de lo que allí sucede: “En Venezuela —dice— no hay corrupción, hay saqueo”. ¿Y por qué el saqueo? La razón es sencilla: porque nadie lo impide.

Lo peor de su mail, sin embargo, es el odio profundo desde el que está concebido. Me temo que usted en ello es apenas el eco de Hugo Chávez, quien pretende reinar durante décadas en su país por la vía de alimentar hasta el delirio la pugna entre hermanos. A los políticos hay que pedirles exactamente lo contrario: que busquen la manera de mancomunar los esfuerzos de un pueblo. Ya sé que esa no era la idea de Marx, pero este insigne autor de manifiestos y mamotretos fue en últimas un mero teórico. Nunca tuvo en cuenta lo que Catalina la Grande le decía a Diderot: “Hay una sola diferencia entre los dos. Usted escribe sobre papel; yo, pobre emperatriz, lo hago sobre piel humana”. Por si acaso, la piel humana en Venezuela la está pasando mal.

andreshoyos@elmalpensante.com

@andrewholes en Twitter

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