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Escribo esto mientras repica en el techo una lluvia insistente, ya no torrencial como la que caía hace apenas un par de semanas. Y pese a que me tienta, no voy a hacer copy-paste de un par de columnas que he escrito en años anteriores sobre este tema, otro en el que por lo visto hay que repetirse periódicamente.
Dicen los muy graduados mamos de la meteorología (curiosa palabra que, como “aeropuerto”, le traba la lengua a más de un periodista radial y alto funcionario) que existe un 50% de probabilidades de que en el segundo semestre venga una sequía. No dicen, no sólo porque no saben sino porque las predicciones fracasadas del pasado los han tornado un pelín más humildes, si este fenómeno del Niño sería intenso o cuánto duraría: un año, un año y medio o los dos años que duró la maleducada Niña que en junio promete volver al colegio y dejar de enlodarnos e inundarnos a mansalva.
¿Acaso nos martiriza la crueldad infantil? No, por supuesto que no: nos martiriza una suerte de senilidad adolescente de nuestras instituciones, incapaces hasta ahora de aprovechar uno de los bienes más preciosos que viene con el hecho de vivir en pleno trópico en un país lleno de montañas que operan como grandes cedazos para el paso de las nubes: el agua. Somos, por su causa, un territorio verde, que también está biche a la hora de sacar provecho de sus riquezas.
Aclaremos que lo que aquí se considera sequía, en muchos países africanos sería un régimen de lluvias refrescante y razonable. Dicho de otro modo, Colombia es un país en extremo húmedo, con disminuciones y variaciones normales en materia pluvial. Ignoro si existe, aunque lo dudo, una historia confiable y completa del agua en el país, la cual nos muestre con precisión dónde han sido las inundaciones más frecuentes en los últimos dos siglos (se puede saber con una exhaustiva revisión documental), cuál ha sido la distribución bien definida de la lluvia, cuál es la disponibilidad cuantificable del agua que hay en el subsuelo, cómo está interconectado o no este subsuelo, etcétera. Sí, ya sé que me llegarán muchos mails llenos de referencias a estudios incompletos, condimentados con las consabidas pullas, ellas sí completas, pero de lo que estoy seguro es de que no existe un plan general del agua, que establezca las urgencias y las metas a largo plazo, como base de otra necesidad urgente: conformar un ministerio dedicado en exclusiva precioso líquido. ¿No tienen muchos países su ministerio de hidrocarburos para gestionar un recurso que a la larga se va a acabar y cuyo uso es muy problemático? ¿Por qué no especializamos uno en el agua, quizá nuestro recurso natural más abundante e importante?
Debo terminar por predecir, nuevamente, que seguirá la quejadera nacional sobre la mucha o la poca lluvia que cae del cielo. Seguiremos llorando como infantes lo que no sabemos gestionar como adultos. En dos o tres años, muchas carreteras mal construidas, viejas y nuevas, se volverán a desbarrancar y las zonas inundables se volverán a inundar llevándose de calle a gente que no debería estar allí. Y yo, de seguir de invitado en estas páginas, lloveré una vez más sobre mojado y escribiré por cuarta o quinta vez una columna sobre el tema.
No partimos de cero, claro que no, pero sí vamos a una velocidad exasperantemente lenta en el tema del agua, diagnosticado hace décadas. A veces es frustrante ser colombiano.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes