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Un desperdicio lamentable

Andrés Hoyos
23 de febrero de 2016 – 09:00 p. m.

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La confrontación de la flor y nata del ambientalismo tradicional con el alcalde Peñalosa por cuenta de la Reserva van der Hammen (RvdH) es un desperdicio lamentable, a la vez que inevitable.

Empecemos por decir que la RvdH está a años luz de ser el principal problema ecológico de Colombia, pero constituye un punto de honor para sus defensores. Thomas van der Hammen fue un ambientalista pionero y se ha convertido en un símbolo, así los paradigmas hayan cambiado en forma dramática desde sus años de apogeo.

Recorrí la reserva la semana pasada y escribo lo que vi: como de bosques se trata, aparte del que cubre el cerro de la Conejera, maravillosamente conservado, no vi ninguno, nativo o sembrado. La zona, de hecho, está bastante urbanizada, aunque con esquemas de baja densidad. Hay decenas y decenas de colegios, universidades, conjuntos cerrados, clubes campestres, cultivos de flores, hasta cementerios, además de los muchísimos potreros que mencionó el alcalde en su infortunado comentario. Por todas partes uno ve letreros agresivos que dicen: “Este lote no se vende”. La idea de que una costosísima infraestructura como esa se puede expropiar a razón de $150 millones la hectárea es inconcebible. Para llegar al precio real habría que multiplicar por varios dígitos. Quienes han de estarse frotando las manos son los abogados que intervendrán en los pleitos que se avecinan si se obedece el mandato de convertir los terrenos actuales en un bosque de 1.400 hectáreas. ¡Décadas de jugosos litigios!

Mucho se habla del daño que implica no crear este bosque que solo existe por decreto, pero los ambientalistas saben muy bien que 1.400 hectáreas no urbanizadas dentro de Bogotá no la van a hacer más compacta. Dicho de otro modo, el daño ambiental de extender excesivamente a Bogotá puede ser peor que el de desarrollar parcialmente la RvdH, sobre todo si el costo de la red de transporte público se torna impagable. Porque lo que raya en el delirio es pretender, como ha escrito Julio Carrizosa, que el crecimiento de Bogotá se puede frenar. La ciudad viene creciendo desde hace siglo y medio, ¿y de repente llega un mago y dice: ¡paren!? Por favor. Además, a medida que la ciudad progrese vendrá más gente, no menos. Lo cierto es que si Bogotá no se devora Chía, Cota, Funza y Mosquera de aquí a 2050, serán estos pueblos los que se devoren a Bogotá.

Lo que uno menos entiende son las prioridades de los ambientalistas tradicionales. ¿Colombia no debe reforestar diez millones de hectáreas? El área de la RvdH equivale al 0,00014% de esta cifra. Por cuenta de los cultivos ilegales se tumban cientos de miles de hectáreas de bosques primarios. ¿Por qué los ecologistas tradicionales no son legalizadores a ultranza? Los biocombustibles se anuncian cada vez más peligrosos para el medioambiente, pero Manuel Rodríguez dice poco al respecto. ¿Por qué no se concentran en pedir, ahora que se discute una reforma tributaria, un impuesto a las emisiones de carbón? ¿Por qué no apoyan la energía nuclear, como hacen cada vez más científicos en el mundo? Pues porque están obsesionados con otra cosa.

Ahora bien, si la idea es hacer la reserva de todos modos, lo mínimo que nos deben sus amigos es cuantificar el verdadero costo, incluyendo los eternos litigios, y proponer una lista bien clara y concreta de los programas que estarían dispuestos a desfinanciar con tal de crear el bosque de sus sueños.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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