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Mis días como fumador de marihuana fueron breves y terminaron hace décadas. Pasados un par de años de relativa diversión, la yerba me aburrió. Aclaro esto para evitar suspicacias en lo que sigue.
Dije también en un ensayo del número 25 de El Malpensante (2000) dedicado a las alternativas a la guerra contra las drogas, que el deshielo de este gélido, paquidérmico y deletéreo edificio iba a comenzar por la marihuana y hoy resulta que tenía razón. Hay una variedad de razones que hacen atípica a la marihuana: la fuma, cultiva y vende sobre todo gente blanca en Estados Unidos; es menos dañina y adictiva que los demás psicoactivos, incluido el alcohol; es de lejos la sustancia ilegal más popular del mundo; ella sola o sus derivados tienen comprobados efectos medicinales; es prácticamente imposible que te mate de una sobredosis. Todo lo anterior ha desembocado en lo que alguna vez se consideró impensable: la gente en los países desarrollados, que son las columnas legales y punitivas del edificio de la prohibición, ahora quiere, en números crecientes, legalizarla en forma controlada.
Tras el fracaso de la prohibición del alcohol en Estados Unidos, los fanáticos encontraron una nueva presa en la marihuana, asociada en ese entonces con los emigrantes mexicanos, odiados y temidos por el equivalente del Tea Party de la época. De ahí que la persecución no se haya iniciado con un debate concienzudo que sopesara los pros y contras de la yerba, sino con una histérica serie de películas, en particular una bastante paranoica llamada Reefer Madness (La locura de la grifa), que asustó a la gente del común —el cine y la televisión siempre tuvieron un efecto ideológico colosal en la vida política americana—. El gran gestor de la estampida fue Harry Anslinger, el protozar antidrogas gringo de los años treinta, quien se alió para la cruzada con el magnate de prensa William Randolph Hearst, el ciudadano Kane de la vida real. Sí, lo adivinaron, el escándalo vende periódicos. La bola de nieve creció y su efecto cuajó cuando Tricky Dicky Nixon, un poco antes de verse obligado a renunciar por tramposo, decretó la terrible guerra contra las drogas.
Sin embargo, hace cosa de diez años empezó el deshielo. La semana pasada, por ejemplo, CNN promovió de manera sospechosamente intensa un documental de Sanjay Gupta, su principal corresponsal médico, en el que este célebre neurocirujano reniega de la religión prohibicionista. ¿Su principal razón? Que conoció a Charlotte Figi, una niña de cinco años que padece una grave forma de epilepsia llamada el síndrome de Dravet. Este mal es refractario a medicamentos incluso muy agresivos, pero parece responder de forma casi milagrosa al tratamiento con cannabidiol, el componente no psicoactivo de la marihuana. Lo que por melodrama viene por melodrama se va.
Sea esta la ocasión para tragarme mis palabras sobre el presidente de Uruguay. Dije aquí mismo que don Pepe Mujica había matado el tigre de la legalización y se había asustado con el cuero. No hubo tal: Uruguay va a la vanguardia en materia de marihuana en la totalidad de las Américas y está a un paso de permitir por ley su uso controlado para cualquier efecto, siempre que se trate de adultos. Por último, hay que insistir en que la discusión no tiene por qué dirimir si la marihuana es buena o mala: tiene que dirimir si su cultivo, comercio y uso han de ser ilegales para mayores de edad. Cada vez somos más los que pensamos que no.