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A propósito de la muerte por suicidio del gran Robin Williams, como consecuencia de una depresión, bueno es recordar que esta enfermedad no sólo ataca a las personas que caen en las redes del alcohol y las drogas. En el fútbol son muchos los casos de seres humanos que han terminado quitándose la vida como consecuencia de ella.
Cualquiera pensaría que la vida les sonríe a los futbolistas. La fama, el dinero, la ovación del público, el asedio de la prensa hacen parte del sueño de todos los niños que quieren convertirse en jugadores. Es más, todos los que amamos este deporte alguna vez soñamos con salir por el túnel del camerino y encontrarnos con la explosión de papelitos en el viento como bienvenida para el inicio de una batalla de la cual pudiéramos ser parte para defender los colores de nuestro amado equipo.
Sin embargo, quienes lo han logrado no siempre, casi nunca, han estado preparados para enfrentarse a los avatares de la fama. Porque los deportes en la vida real son para perdedores, pues sólo uno es el que grita campeón. Entonces la manera como se afrontan las frustraciones, las críticas de la prensa, los abucheos del público y la consecuente merma de la autoestima es fundamental para no caer en las redes de la depresión.
En 2009 hicieron un estudio entre los futbolistas de la Premier League. El 78% de los encuestados consideraron que la depresión es un problema que ataca a los futbolistas y al que no se le ha puesto atención.
Casos emblemáticos de suicidio hay por doquier. En la fría Alemania, famosa por la cabeza fría que tienen sus deportistas, se presentó hace poco la trágica muerte del defensor Andreas Biermann, ex Unión Berlín y St. Pauli, quien después de varios intentos terminó con su vida nada más acabar el Mundial. Ya había sucedido con Robert Enke, exarquero de la selección teutona, quien tomó la misma decisión de Alberto Pedro Vivalda, exarquero de Millonarios, River Plate y Chacarita Juniors, y se lanzó sobre la vía de un tren. El boliviano Chocolatín Castillo se ahorcó con una corbata en 1997 tras la muerte de su hijo. Hay otros cientos de casos.
La depresión desencadenada en suicidio ha tocado incluso a directivos como Joan Gamper, expresidente del Barcelona, quien en 1930, tras conocer que le habían prohibido cualquier contacto con el club de sus amores, se disparó en la cabeza.
Es bonito que el deporte promueva la búsqueda de la victoria de manera incansable, pero cuando ésta se convierte en una obsesión, los niveles de frustración son tan altos que terminan por causar depresión, una enfermedad a la que pocos le ponen atención, pero a la que es difícil vencer. Al futbolista de hoy lo preparan para vencer a todos los rivales, pero raramente le enseñan a batallar con el enemigo más peligroso, él mismo.