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Activismo light

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Con cinco millones de dólares en donaciones tan sólo 48 horas después de colgarse en la página de Invisible Children y casi 80 millones de visitas durante la primera semana, Kony 2012 se convirtió en un fenómeno mediático singular.

Como explica el narrador en la introducción del video, la internet está creando nuevos tipos de conectividad que han alterado las reglas del juego político. Testimonio de ello es la estrategia utilizada para difundir el mensaje sobre Joseph Kony, el temible líder del Ejército de Resistencia del Señor buscado por la Corte Penal Internacional desde 2005 por crímenes de guerra en varios países de África Central.

Mediante una campaña dirigida inicialmente a celebridades como Rihanna, Lady Gaga, Oprah Winfrey y Bill Gates, que tienen millones de seguidores en Twitter cada uno, la ONG logró un efecto multiplicador instantáneo e insólito. De la noche a la mañana muchos aprendieron que Kony había cometido actos atroces, sobre todo contra los niños, que no había sido capturado todavía y que era el deber de la “comunidad global” hacer algo al respecto. ¿Pero a qué costo?

El video se caracteriza por un argumento simple y reduccionista, música emotiva y eslóganes pegajosos, los cuales están acompañados de una abundante mercancía (afiches, camisetas, pulseras, calcomanías) que permite promover su causa: volver “famoso” al genocida ugandés para poderlo capturar o matar. Las explicaciones brindadas por el narrador a su pequeño hijo —y por extensión al espectador, quien no necesita saber más que el niño— permiten identificar de forma inequívoca a los “malos”, así como la responsabilidad moral de los “buenos” de acabar con ellos. Sin embargo, la forma específica en que el problema es tratado repercute en una lectura etnocentrista de la violencia en África que refuerza los estereotipos con los que históricamente el continente ha sido descrito por gobiernos, académicos, medios de comunicación y activistas del Norte.

Las sociedades occidentales, que se autodefinen como “desarrolladas” y “civilizadas”, suelen representar a los Estados y sociedades africanos como “inferiores”, “incivilizados”, “subdesarrollados” y “salvajes”. Dicha categorización dicotómica ha legitimado procesos de colonización, intervención y dominación. Y Kony 2012 no es ninguna excepción. La imagen de Uganda, que el video equipara con toda África, conlleva la necesidad de “salvar”, incluso mediante el uso de la fuerza, a quienes —por deficiencias “naturales”— no pueden hacerlo solos.

El fenómeno Kony también plantea interrogantes importantes sobre el activismo político mundial. ¿Es estratégico movilizar a 100 millones de espectadores en contra de un criminal de guerra, aunque no comprendan el contexto histórico, político y económico del conflicto en África Central, ni las consecuencias de una intervención “humanitaria” o militar? ¿Es más lo que se gana en publicidad de lo que se pierde en efectividad? ¿Al poder ejercer la “conciencia ciudadana” con un clic del computador o celular el impacto político y social de ésta se aumenta, se reduce o se anula?

De la misma forma que Slavoj Zizek ha mostrado cómo el “consumismo ético” tiende a reforzar las asimetrías de poder y de riqueza en el mundo, el activismo light defendido por Kony 2012 sugiere que tal vez el obstáculo más grande al cambio no es la inacción sino la pseudoacción.

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