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Ahora o nunca

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Tres años después de la ruptura del último intento de paz, y luego de seis viajes, el secretario de EE.UU., John Kerry, logró sentar a los voceros de Israel y Palestina para lo que muchos consideran la última oportunidad que habrá de negociar un acuerdo en mucho tiempo.

Como gestos de “buena fe”, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu anunció la liberación de 104 presos palestinos, mientras que el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, se comprometió a postergar la solicitud de membresía plena ante la ONU, planeada tentativamente para la Asamblea General de septiembre, mientras sigan las conversaciones.

A primera vista los obstáculos a la paz parecen insuperables. Además de la desconfianza y las posiciones negociadoras enfrentadas que distancian a las partes, tanto Netanyahu como Abás enfrentan serios constreñimientos internos para hacer cualquier tipo de concesión. Por su parte, la solución de dos estados —indispensable desde la perspectiva palestina, pero a la vez inaceptable para la derecha israelí— se torna más lejana en la medida en que Israel se niega a frenar los asentamientos en los territorios ocupados de Cisjordania. Otros dos asuntos del llamado “estatus final”, la situación de Jerusalén —que ambas partes reclaman como capital— y el derecho de retorno de los 4,9 millones de refugiados palestinos, son de más difícil resolución aún. Finalmente, la Franja de Gaza, separada física y políticamente de Cisjordania y gobernada por Hamás, no avala las negociaciones ni participa en ellas, aunque tendría que formar parte de cualquier acuerdo.

No obstante, el compromiso de negociar durante nueve meses sugiere, tal vez, que israelíes y palestinos entienden que es “ahora o nunca”. De frustrarse las aspiraciones legítimas de los palestinos de convertirse en Estado, existe un riesgo real de una tercera Intifada y la consecuente radicalización de Palestina. La alternativa propuesta por algunos, un único Estado binacional, llevaría a un resultado inaceptable: o la inviabilidad del Israel judío, ya que los ciudadanos árabes serían mayoría, o un sistema abiertamente antidemocrático de apartheid —parecido al statu quo en los territorios ocupados— en el que palestinos no tuvieran los mismos derechos que los israelíes.

En el panorama descrito, EE.UU. enfrenta una situación igualmente compleja que explica la insistencia de Obama en este nuevo proceso, pese a los numerosos desafíos que se le presentan. Si Palestina acude a la Asamblea General de la ONU y logra el reconocimiento como miembro, es concebible que Israel endurezca aún más su posición, en el peor de los casos, retirándose de las partes de Cisjordania que no ha colonizado e imponiendo unilateralmente un límite fronterizo con los palestinos. Lo cual acrecentaría las tensiones en la zona y retaría la posición de Obama. En cambio, con la acreditación de esta nueva ronda de negociaciones ante la comunidad internacional, EE.UU. no sólo abre una pequeña ventana a la paz en Oriente Medio, sino que se blinda contra las críticas crecientes de quienes consideran que ya no controla lo que hace (y no hace) su inquebrantable aliado, Israel.

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