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La semana pasada el secretario de Defensa de los Estados Unidos, Leon Panetta, sorprendió al mundo con el anuncio de que existe una alta probabilidad de que Israel ataque a Irán en pocos meses, antes de que éste entre en una “zona de inmunidad” que permita la construcción de un arma nuclear.
Aunque Panetta y el mismo presidente Obama aclararon que su estrategia preferida frente al problema iraní sigue siendo la diplomacia, quedó sembrada la duda de si estamos próximos a una guerra.
Las acciones encubiertas contra Irán han crecido desde 2010. En ese período cuatro científicos asociados con el programa nuclear han sido asesinados; fue descubierto el cibervirus, Stuxnet, diseñado para sabotear equipos utilizados para enriquecer uranio; se destruyó “misteriosamente” una base de misiles en las afueras de Teherán, y fue derribado un dron estadounidense en territorio iraní. Luego de que el último informe de la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA), de noviembre de 2011, señalara que Irán ha realizado algunas actividades que no tienen aplicación civil —sin que ello signifique que haya adquirido una capacidad nuclear ni que está por conseguirla—, existen evidencias de escalamiento del conflicto.
El endurecimiento de sanciones por parte de Estados Unidos y la Unión Europea ha causado las amenazas de Irán de cerrar el estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del crudo que se comercializa en el mundo. Mientras tanto, el discurso israelí sobre la necesidad de realizar un ataque preventivo a plantas nucleares en Irán ha dejado de ser una simple estrategia diplomática para convertirse en un proceso palpable de preparación para la guerra.
Pese a que los inspectores de la ONU nunca han encontrado evidencias irrefutables de que el programa nuclear de Irán no es pacífico, y a que el gobierno estadounidense ha desestimado que ese país esté intentando desarrollar un arma nuclear, el secretismo con el que actúa el gobierno iraní ha prendido las alarmas mundiales, sobre todo las de Israel. Es cierto que los máximos líderes iraníes han descrito a ese país como un tumor que debe extirparse y al Holocausto como una ficción. Pero de allí a afirmar que Irán plantea una amenaza existencial de seguridad a Israel y a la estabilidad regional parece sobredimensionado. Nunca ha existido un conflicto violento entre los dos, y la superioridad militar y económica de Israel es tal que Irán difícilmente iniciaría uno, ya que ello equivaldría al suicidio.
En respuesta a las presiones internacionales, Irán se acaba de someter a una visita de la IAEA, que volverá en pocas semanas con el fin de clarificar la posible dimensión militar de su programa nuclear. Sin embargo, de no frenarse los vientos bélicos que soplan y de no reiniciarse las negociaciones con ese país, éstas pueden fracasar. Si Israel ataca, lo más probable es que las presiones electorales en Estados Unidos lleven a la decisión (catastrófica) de acompañarlo. Y la negativa absoluta a que Irán produzca energía nuclear mediante el enriquecimiento de uranio puede aumentar (indeseablemente) la legitimidad interna del régimen. Una fórmula que reconcilie dicho derecho, del que gozan los demás firmantes del Tratado de No Proliferación Nuclear, con el deber de transparencia exigido por él y el castigo por incumplir, podría evitar ese punto de no retorno.