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La intervención reciente de Rusia en Siria y el ataque terrorista en Turquía vuelven aún más confuso el entramado de alianzas, amistades y enemistades que rodea la crisis actual en Medio Oriente. So riesgo de simplificación excesiva, a continuación analizo algunas de las posiciones en juego.
Mantener en el poder a Al-Asad satisface varios objetivos de la política exterior de Rusia: reforzar la presencia en la base naval de Tartus, puerta de entrada estratégica al Mediterráneo; demostrar que Estados Unidos no es la única potencia con capacidad operativa lejos de sus propias fronteras; y exhibir la tecnología armamentista rusa ante posibles compradores en Medio Oriente. Pese a que los bombardeos aéreos y el acompañamiento terrestre de Rusia a las fuerzas oficiales del régimen están dirigidos supuestamente contra blancos militares del Estado Islámico (EI) en Siria –cuya expansión amenaza con contagiar a Cáucaso Norte y Asia Central– han buscado más bien neutralizar a los rebeldes de la oposición.
A su vez, el gobierno de Estados Unidos tiene tres metas centrales: no involucrarse directamente en el conflicto sirio; evitar una guerra (indirecta) por “proxy” con Rusia; y debilitar al EI. Su estrategia ha sido respaldar a los rebeldes “buenos” (facciones moderadas del Ejército Libre de Siria y los kurdos sirios en la frontera norte con Turquía) con apoyo aéreo, entrenamiento y equipos. Sin embargo, el objetivo primordial de los rebeldes –derrocar al régimen de Al-Asad– no coincide del todo con los suyos. A su vez, la línea borrosa entre opositores “buenos” y “malos” ha hecho que su apoyo termine a veces en manos indeseables, como ocurrió con el Frente al-Nusra, filial de Al Qaeda.
Los enemigos principales de Recep Tayyip Erdogan de Turquía son el grupo insurgente Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) y el régimen de Al-Asad. Pese a considerar al EI –el perpetrador más factible de la masacre en Ankara– como tal, el líder turco ha sido acusado de permivisidad frente al paso de militantes y armas por su frontera con Siria. Después de la pérdida de su mayoría parlamentaria, el ascenso político del grupo centrista kurdo, Partido Demócrata del Pueblo (HDP) y la ruptura de las negociaciones de paz con el PKK a mediados de este año, Erdogan ha priorizado la guerra contra los kurdos y no el EI.
El apoyo de Irán al régimen de Al-Asad se basa en la importancia de Siria como puente terrestre al Líbano, desde donde opera la milicia chiita Hezbolá, su principal aliado estratégico en la zona. Como resultado, tanto combatientes de Hezbolá como milicias iraníes acompañan a las fuerzas militares de Siria en su lucha contra los rebeldes. Por su parte, Arabia Saudita ve indispensable la salida de Al-asad, y considera a Irán, no el EI (al que distintos sectores sauditas respaldan) como la amenaza principal a su seguridad. Con semejante entrecruce de amigos y enemigos, y de motivaciones estratégicas diferenciadas y contradictorias, combatir al Estado Islámico –lo único en torno a lo cual parece existir consenso– se vuelve entre difícil e imposible.