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Catástrofe anunciada

Arlene B. Tickner
12 de agosto de 2014 – 10:46 p. m.

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Lo que ocurrió en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 fue horrorífico y singular.

Por primera y última vez se lanzaron bombas nucleares sobre zonas altamente pobladas, llevando a la muerte de alrededor 200.000 civiles solamente en ese año, equivalentes a un tercio de la población combinada de las dos ciudades japonesas. En una aguda reflexión publicada en estos días en el Huffington Post, Noam Chomsky lamenta que en lo que él denomina la era nuclear, la especie humana ha tenido la inteligencia suficiente para desarrollar una forma efectiva de destruirse a sí misma, pero no la capacidad moral ni intelectual para controlar sus peores instintos.

Citando al general Lee Butler, quien fuera el jefe del Comando Estratégico de Estados Unidos (StratCom), el intelectual norteamericano sugiere que, si hemos sobrevivido hasta ahora, ello se debe a “alguna combinación de habilidad, suerte e intervención divina, aunque (seguramente) la última en mayor proporción”. En 1996, Butler, junto con generales y almirantes de 16 países, incluyendo la antigua Unión Soviética, no sólo puso en cuestión la supuesta efectividad de las armas nucleares en la prevención de la guerra sino que hizo un llamado para su eliminación total por considerarlas un “peligro inminente” a la existencia de la humanidad.

Pese a los riesgos comprobados de la radiación, entre 1948 y 1963 más de 500 bombas nucleares fueron detonadas en la superficie terrestre. Si bien Estados Unidos, la entonces URSS y Gran Bretaña acordaron realizar pruebas solamente debajo de la tierra, otros países como Francia y China continuaron haciéndolo “a la antigua” hasta los 70 y 80. Es imposible calcular los daños ambientales y humanos causados por dicha experimentación, así como por los casi 60 accidentes ocurridos alrededor del globo después de la tragedia de Chernóbil en 1986. Esto por no hablar de los múltiples casi enfrentamientos nucleares posteriores a la Crisis de los Misiles de 1962, la mayoría de los cuales desconoce la opinión pública mundial.

Al contrario de la creencia común de que el peligro de un episodio nuclear a gran escala terminó con el fin de la Guerra Fría, una encuesta publicada por el senador republicano Richard G. Lugar en 2005 sugiere que la posibilidad de un ataque con armas de destrucción masiva no sólo es real sino que tiende a aumentar con el tiempo. Los 85 expertos internacionales en no proliferación y seguridad encuestados estimaron que a cinco años la probabilidad de esto era de 16.4%, y que en 10 aumentaría a 29%. Mientras tanto, el riesgo de ataques químicos o biológicos se consideró un poco mayor y el de un ataque radiológico de 40%.

Doctor Strangelove, la épica película dirigida por Stanley Kubrick, vaticinó en 1964 lo que hoy sigue siendo una catástrofe anunciada. Primero, tanto la patología humana como el simple error hacen imposibles establecer un control “racional” e “infalible” sobre las armas nucleares. Segundo, aún a sabiendas de la posibilidad, por no decir la certeza, de la aniquilación propia, nos empecinamos en ignorar o minimizarla. Hoy, 69 años después de Hiroshima y Nagasaki, la humanidad se encuentra en una disputa entre continuar por el camino de la autodestrucción o construir uno nuevo. El general Butler recuerda que “podemos hacer algo mejor que condonar un mundo en el que las armas nucleares se aceptan como normales”.

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