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El triunfo de Alexis Tsipras, líder del partido de izquierda Syriza, en las elecciones pasadas en Grecia, constituye el primero en Europa en el que la fórmula ganadora ha sido principalmente un discurso antiausteridad y la promesa de abandonar la ortodoxia neoliberal que ha agravado la crisis social de ese país.
El hecho ha sido celebrado como el primer acto exitoso de resistencia colectiva frente al carácter autoritario de las decisiones tecnócratas de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional —la temida troika—, así como lamentado por los efectos bumerán que puede tener en el resto del continente, en especial en otros países que han sido afectados negativamente por la imposición de medidas similares de austeridad y liberalización.
Como explica el nobel de economía Paul Krugman, el programa “acordado” entre la troika y Grecia —consistente en reducciones salvajes del gasto en servicios públicos como salud y educación, beneficios sociales y empleo estatal a cambio de nuevos préstamos— estaba destinado al fracaso, ya que se subestimaron los efectos desastrosos de la austeridad, error que el FMI tuvo que reconocer. Para 2014, y pese a la leve recuperación registrada ese año, la economía griega estaba en depresión, se había achicado en un 25%, registraba una deuda equivalente al 175% del PIB —la segunda más grande del mundo— y tenía un desempleo de 28%, que en el caso de los jóvenes ascendía a 60%.
Entre las medidas propuestas por Tsipras para hacer frente a esta tragedia griega no se contempla la salida de la Eurozona (Grexit) sino la reforma positiva desde adentro, comenzando con una reunión continental en la línea de la Conferencia de Londres de 1953, que resolvió condonar la mitad de la deuda contraída por Alemania durante las dos guerras mundiales con el fin de permitir su reconstrucción así como la de Europa occidental. Paradójicamente, la canciller alemana, Ángela Merkel, es quien más se opone a cualquier flexibilización de las reglas actuales, ya que comparte el temor de la troika de que una concesión financiera en el caso de Grecia podría estimular una rebeldía similar en Italia, Irlanda, España y Portugal, afectando así la estabilidad del euro.
Sin embargo, el rechazo a la austeridad —que a su vez ha alimentado el euroescepticismo— ocupa todo el espectro ideológico en Europa. Aunque se ha reducido a una nota a pie en la mayoría de los análisis sobre las elecciones griegas, la convergencia entre la izquierda y la derecha extrema en torno al tema es diciente (y problemática). Ésta se manifiesta no sólo en la decisión de Tsipras de formar un gobierno de coalición con el partido xenófobo de derecha, Griegos Independientes, sino en el tercer lugar ocupado en la contienda electoral por el partido neonazi Nuevo Amanecer, así como en el apoyo enérgico dado por Marine Le Pen, líder del Frente Nacional en Francia, a Syriza.
Parafraseando al nuevo primer ministro de Grecia, “hay que poner fin a la austeridad para que el miedo no mate la democracia”. ¿Insistir en políticas que han agravado la crisis social y que están suscitando el rechazo de la izquierda y la derecha, sobre todo en el sur europeo, no es, en el caso de la Unión Europea, seguir cavando su propia tumba?