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Detrás de la noticia de la caza ilegal del león más querido de Zimbabue se esconden los problemas de maltrato, tráfico y extinción animal, que en lugar de disminuirse, tienden al alza, sobre todo en el Sur global.
Al tiempo que las redes sociales mundiales condenaban la muerte de Cecil, uno de tan solo seis rinocerontes blancos del norte que aún existen falleció en el zoológico de San Diego, mientras que en Kenia, los cazadores furtivos mataron a cinco elefantes en peligro de extinción. Desde 2010, la industria ilícita de marfil se ha llevado la vida de más de 100.000 de estos animales solo en África. Según un estudio reciente de Science advances, de las 74 especies de herbívoros más grandes, tales como el elefante, rinoceronte, hipopótamo y gorila, 60% corre riesgo de desaparecer debido a la caza furtiva y la pérdida de hábitat. Otro publicado el año pasado por los mismos científicos en Science apunta a que un porcentaje similar de carnívoros grandes (leones, leopardos, lobos y nutrias) corre la misma suerte. Esto se suma a la advertencia del World Wildlife Fund (WWF) de que en los últimos 40 años la especie humana ya ha destruido la mitad de la fauna que existe en el planeta. El caso de los rinocerontes es especialmente alarmante. En 2014, los cazadores ilegales mataron a 1.215 de una población total de 22.000 en Sudáfrica, en comparación con tan solo 13 en 2007. Dado el uso extendido del cuerno en la medicina tradicional china, donde se cree que es afrodisiaca y que cura el cáncer, el precio de éste -unos US$60,000 por kilo- supera el del oro, los diamantes y la cocaína. De allí que han surgido redes de traficantes en este país y en el vecino Mozambique, que acostumbran llegar fuertemente armados y en helicópteros para llevar sus presas de parques naturales como Kruger. Además de alimentar el crimen organizado, la caza furtiva tiene consecuencias catastróficas para la preservación de ecosistemas saludables y en consecuencia para la seguridad alimentaria. En aquellos casos en donde las economías locales y nacionales subsisten del ecoturismo animal, también amenaza con eliminar su principal fuente de ingreso. Aunque muchos gobiernos han adoptado legislación en defensa del bienestar animal, el índice global de protección desarrollado por World Animal Protection sugiere que la normatividad y el compromiso político de la mayoría de los estados aún están en pañales. A su vez, la Declaración Universal del Bienestar Animal, que cuenta con el apoyo de unos 50 países, no ha sido aprobada en la ONU, dificultando la adopción de medidas internacionales mínimas. América Latina no es ajena a este problema. La demanda sobre todo china para bienes animales exóticos, tales como la vejiga del pez totaoba, los pepinos de mar y las aletas de tiburón, está alimentando un negocio multimillonario que permite que las organizaciones criminales diversifiquen sus actividades ilegales, al tiempo que la biodiversidad sigue acabándose.