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Democracia, discriminación y terrorismo

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La convivencia no violenta entre distintos grupos sociales ha sido uno de los desafíos centrales del mundo poscolonial. Entre las problemáticas que se han resaltado está la tendencia de las culturas dominantes de convertir la diferencia racial, étnica y religiosa en “otredad” con atributos negativos. Es así como los negros, hispanos y musulmanes son representados comúnmente como inferiores culturalmente, criminales, antidemocráticos y, en algunos casos, menos que humanos, lo cual se contrasta con un “nosotros” de rasgos superiores.

Pese a la atención que Europa y Estados Unidos han prestado a la discriminación, sus sectores “blancos” y “nacionales” exhiben altos niveles de racismo y xenofobia, el deseo de restringir la migración y la opinión de que los “otros” deben ser excluidos de las prerrogativas propias de una democracia. Todo lo cual se ha revitalizado desde el S-11 en Estados Unidos y la guerra mundial contra el terrorismo, creando un terreno fértil para el crecimiento de movimientos políticos con agendas racistas, y de paso, el extremismo “otro” (como el yihadismo islámico) que nace del mismo caldo de cultivo.

Si bien la elección de Barack Obama como primer presidente afroamericano constituyó un triunfo histórico en la lucha estadounidense contra el racismo, también produjo el resultado contrario, como lo constata el éxito electoral de Trump. De forma similar, las leyes antidiscriminación europeas, en principio “buenas”, han sido insuficientes para contrarrestar los mecanismos estructurales que reproducen la inferiorización de ciertos grupos marginales. La segregación espacial practicada en las principales ciudades del continente es un ejemplo de esto, pero también se observa en el sistema político, judicial y policial, la educación, el mercado laboral, los servicios sociales y los medios, que reproducen, a veces de forma imperceptible, desigualdades entre un “nosotros” y “ellos”.

En respuesta a la “amenaza” planteada por la “otredad” así construida, tanto Europa como Estados Unidos han recurrido a estrategias que se nutren del esquema de Carl Schmitt, quien define lo político, un orden necesariamente conflictivo y violento, en función del antagonismo amigo/enemigo. Contra el teórico alemán, Chantal Mouffe propone un “pluralismo agonístico” caracterizado por la coexistencia de actores sociales con intereses irreconciliables pero que pueden convivir pacíficamente como adversarios. En éste, la armonía y el consenso son imposibles, ya que no existe ningún orden dentro del cual toda diferencia tiene cabida –incluyendo el moderno occidental liberal–, pero la democracia no lo es. Del espiral de intolerancia y violencia que se observa dentro y fuera de Occidente, y propuestas conceptuales como esta, se deduce que la única forma de combatir estructuralmente fenómenos como el terrorismo es con más democracia, pero a partir de una radical redefinición de lo político.

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