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Grandes aplausos y algo de decepción

Arlene B. Tickner
02 de agosto de 2011 – 06:00 p. m.

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El consenso sobre las relaciones internacionales de Colombia es que el gobierno de Juan Manuel Santos ha dado un vuelco de 180 grados.

Según las encuestas, los colombianos valoran muy positivamente la política exterior actual (aunque también les gustaba la de Álvaro Uribe). Mientras tanto, los analistas señalan como logros importantes la normalización de las relaciones con Ecuador y Venezuela; el acercamiento a Suramérica y el trascendental nombramiento de María Emma Mejía como secretaria general de la Unasur; la reformulación de los términos de la interacción con Washington, y el cambio en el lenguaje y la forma de hacer diplomacia, lo cual ha facilitado, entre otros, diálogos más amables con Europa, la ONU y las ONG de derechos humanos. Menos se comenta sobre la posición gubernamental frente a las drogas ilícitas, que parece favorecer el continuismo, una política prohibicionista y punitiva, en alianza con México y algunos países centroamericanos, en lugar del impulso de un debate mundial amplio sobre la “guerra contra las drogas”.

Si bien los acervos son innegables, el barómetro para evaluar a Santos no debe ser solamente la política exterior (ideologizada y recalcitrante) de su antecesor, cuyo legado principal fue un retroceso en el posicionamiento externo de Colombia. Guardadas las proporciones, lo que se observa durante este primer año de gobierno es la redención de una estrategia internacional similar a la impulsada por los presidentes Belisario Betancur, Virgilio Barco y César Gaviria en los años ochenta y noventa. A pesar de sus diferencias, los tres aplicaron un canon común en política exterior, caracterizado por la preservación de un grado relativo de autonomía vis-à-vis Estados Unidos, la diversificación de las relaciones políticas y económicas, el aumento en la inserción y visibilidad de Colombia en el extranjero, y la promoción de la cooperación e integración con América Latina y el Caribe. En 1991, esta visión sobre el papel colombiano en el mundo se convirtió incluso en mandato constitucional, sobre todo en lo relacionado con la vocación regionalista del país.

Más allá de problemas como el narcotráfico y el conflicto armado, que han ejercido un freno negativo sobre las perspectivas de proyección internacional durante la última década, sigue existiendo otro estorbo más antiguo para que Colombia llegue a parecerse a Brasil, Chile, México o Perú. Es la llamada “feria” de nombramientos diplomáticos. Y en esto, sorpresivamente, Santos se parece a todos los presidentes colombianos anteriores. Aún si se acepta que un mandatario tenga el derecho de rodearse de embajadores de su confianza en el exterior —y aclarando que en comparación con países diplomáticamente “serios” dichos nombramientos se hacen aquí en exceso—, es incongruente con una política exterior proactiva que parientes, amigos y empleados de la clase política y económica ocupen cargos en todo el escalafón diplomático y consular. Es como tener un barco en donde, además del capitán, todos los integrantes de la tripulación —cuyas funciones son integrales al buen funcionamiento de la nave— son inexperimentados o poco prestos a trabajar. El riesgo de naufragio (o de insubordinación) es considerable.

Así, y sin entrar a considerar otros temas (como la desigualdad) en donde los avances han sido pocos o nulos, en política exterior el primer aniversario de Santos suscita grandes aplausos, pero también algo de decepción.

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