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Hoguera de emociones

Arlene B. Tickner
25 de agosto de 2015 – 10:44 p. m.

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A pesar de sus diferencias, los medios de comunicación y la política coinciden en la manipulación de las emociones para lograr sus respectivos objetivos.

Mientras que éstas median la recepción de información por parte de los individuos y la sociedad, influenciando así el consumo mediático y el debate público, la dimensión emocional de la política también es fundamental, dada su capacidad de estimular distintos sentimientos en función de metas específicas. La tragedia humanitaria que se ha presentado en la frontera con Venezuela se ha vuelto “viral” justamente porque juega con las emociones. Entre un mar de reportajes y opiniones expertas, la “noticia” en todos es el drama de los deportados, cuyos números ascienden a más de 7.000 desde 2013, 3.800 en lo que va de 2015 y unos 800 tan solo en los últimos días. Desgarradoras imágenes de gente llegando a Cúcuta con lo que pudo salvar, de casas marcadas con “D” para ser demolidas, de albergues que no dan abasto; y testimonios de familias divididas y personas maltratadas por las autoridades venezolanas. Ante el sentido de indignación e injusticia que la situación descrita produce, lo “natural” es responsabilizar a Maduro, cuya tendencia de echar la culpa a los colombianos de la situación económica y de inseguridad en Venezuela –con fines políticos– se ha tornado estrategia política. En este más reciente episodio, la emboscada a militares venezolanos por presuntos criminales colombianos fue pretexto para identificarse como “víctima del capitalismo paramilitar de la derecha colombiana”, y para declarar el estado de excepción, cerrar la frontera y deportar a indocumentados y supuestos contrabandistas colombianos. Fiel a su propia tradición de mangonear las emociones colectivas, el expresidente Uribe ha afirmado que “como Hitler contra los judíos, la dictadura siembra odio contra los colombianos para justificar tortura”, al tiempo que ha condenado a Juan Manuel Santos por el “amiguito (que) se consiguió”.

Entre más hable Uribe, mayor tracción política gana Maduro, alimentando la hoguera de emociones de lado y lado de la frontera colombo-venezolana con previsibles efectos. En especial, sentimientos como el miedo, la rabia y la indignación patria –cultivados por los políticos como los medios– ejercen un impacto negativo sobre el debate público, ya que impiden ver los complejos matices de la coyuntura binacional. Además, una vez la hoguera se apague, tanto políticos como medios entrarán en otro ciclo de manipulación, olvidándose nuevamente de la frontera. Si en algo tiene razón Maduro, es que ésta está “podrida”, producto no solo del uso del territorio venezolano por parte de las bacrim (no los paramilitares “políticos”) para realizar actividades delictivas, sino de la tolerancia histórica del contrabando, la devaluación, inflación y crisis general en Venezuela, la ausencia de los dos estados en la zona fronteriza y la falta de mecanismos eficaces de cooperación.

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