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Hora cero en Libia

Arlene B. Tickner
23 de agosto de 2011 – 06:29 p. m.

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En contraste con lo ocurrido en otros países afectados por la “primavera árabe”, como Egipto y Túnez, en donde uno de los costos inesperados de la transición no violenta a la democracia ha sido la celebración de pactos entre los movimientos populares, las élites tradicionales y los militares —lo cual ha dificultado el desmonte de los sistemas existentes de concentración del poder y la riqueza—, el largo imperio de Gadafi está llegando a su fin como consecuencia del uso masivo de la violencia que ha contado, además, con un activo respaldo internacional.

La “hora cero” en Libia parece distinta. Si bien la expulsión violenta del régimen promete un “borrón y cuenta nueva” en términos de la distribución del poder, la incertidumbre sobre el futuro es grande. Comenzando por el hecho de que, aunque Trípoli parece asegurado por los rebeldes, sin el establecimiento de una rápida presencia “gubernamental” y la captura, muerte o huida del clan Gadafi, la capital sigue corriendo el riesgo de un conflicto prolongado.

Sin considerar el papel desempeñado por los gobiernos extranjeros —que ha sido distinto en Libia—, la comparación con Irak, en donde el derrocamiento de Sadam Hussein no sólo no produjo la añorada transición a la democracia sino que provocó una guerra civil que aún no termina, es inevitable. Como en el caso iraquí, cuatro décadas de dictadura en Libia han socavado las instituciones del Estado, incluyendo el Ejército, los partidos políticos, las organizaciones de la sociedad civil, así como la política en general. Asimismo, son comparables las divisiones tribales y étnicas profundas que caracterizan a Libia con las que existen en Irak, que se intensificaron una vez fuera destituido Hussein.

Por ello, son varios los desafíos que se enfrentan en la era post-Gadafi. Primero, después de seis meses de violencia exacerbada, la seguridad y el orden deben establecerse. Además de crear un relativo monopolio sobre la fuerza —de por sí una tarea difícil—, la restauración de servicios como las comunicaciones, la electricidad, el agua, los combustibles y los alimentos es un paso necesario para que la vida cotidiana retorne a la “normalidad” y el Consejo Nacional de Transición (CNT) sea percibido como un actor capaz de garantizar bienes públicos básicos.

Segundo, la creación de un gobierno incluyente de transición constituye una condición indispensable para que el vacío de poder generado por la ida de Gadafi no cultive la violencia entre distintas facciones. Balancear los intereses múltiples y antagónicos que existen al interior del CNT, para así construir una semblanza de representatividad, es por ello una tarea fundamental.

Tercero, aunque debe haber justicia frente a las atrocidades cometidas en nombre del régimen, la búsqueda de la reconciliación exige que aquellas tribus (del este) que han apoyado a la revolución no tomen retaliaciones contra las del oeste que han defendido a Gadafi.

Finalmente, y con el objeto de no repetir los errores del pasado, ahora que el rol militar de la comunidad internacional —sobre el cual también vale la pena realizar un balance crítico— está culminando, debe definirse su papel en la reconstrucción política, económica y social de Libia, así como un nivel “aceptable” de injerencia en asuntos que deben ser debatidos sobre todo por el pueblo libio.

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