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Implicaciones mundiales de la crisis

Arlene B. Tickner
28 de octubre de 2008 – 09:45 p. m.

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Como pocos otros fenómenos de la vida internacional, la crisis financiera ha adquirido un carácter verdaderamente mundial. Desde Islandia —considerada hasta hace poco un milagro económico y paraíso terrenal— hasta Suráfrica, está generando costos y efectos de distintos sabores y tamaños. Y no sólo económicos, sino más importante aún, de tipo político y social.

A nivel mundial, además de la reconfiguración del poder económico, la reingeniería de los mecanismos multilaterales y el declive del “imperio” estadounidense, el “bloque” antihegemónico de Rusia, Irán y Venezuela puede desmoronarse ante el desplome de los ingresos petroleros, quienes tendrán que escoger entre reducir su influencia en el exterior o perder su control doméstico.

Aunque la mayoría de las economías emergentes del mundo se consideraban inmunes, el desplome simultáneo en Estados Unidos y Europa las metió de lleno en el torbellino. Aún antes de que estallara la crisis, las monedas de muchas de ellas comenzaron a devaluarse.  En casos extremos como los de Suráfrica y Corea del Sur, la devaluación asciende a 38,7% y 31,3%. La exportación de bienes y servicios también sufrirá en la medida en que la economía global desacelera.

Los productores de materias primas son particularmente sensibles a esta tendencia, ya que enfrentan una caída tanto en la demanda como en los precios. En aquellos países que han vivido más allá de sus medios —por ejemplo, Suráfrica, Hungría, Ucrania, Corea del Sur, India y en menor medida, Brasil— la escasez de capital internacional podría agudizar sus déficits y obligar a diferentes grados de ajuste, en particular cuando no cuentan con reservas internacionales, como ocurre en los primeros tres. En Europa del Este, cuya situación es crítica, la posibilidad de que haya revueltas que debiliten a las instituciones democráticas es real. Pero también en países como China e Irán, la desaceleración podría afectar la capacidad del estado de controlar el descontento político y social interno.

En general, América Latina está mejor posicionada que antes para enfrentar esta crisis. Sin embargo, países como Venezuela, Argentina y Ecuador, que no han ahorrado; los que no han diversificado su comercio y están atados al mercado estadounidense, como México y Colombia; y los que dependen de las remesas de sus nacionales como fuente de ingreso, como estos dos, se verán en apuros. Gran parte del continente africano sólo ha sentido la crisis financiera de forma indirecta. A pesar de ello, corre el riesgo de perder fuentes indispensables de ayuda externa, lo cual podría agudizar la precaria situación que enfrentan muchos de sus países. Según el Banco Mundial, la desnutrición en África habrá aumentado en 44 millones de personas a causa del alza de los precios del petróleo y los alimentos, mientras que la hambruna ascenderá a 967 millones antes de finalizar el año.

No hay duda de que el mundo se recuperará de esta crítica coyuntura, no sin antes aplicar “soluciones” cuyos costos serán enormes, especialmente para los países y poblaciones menos favorecidos. Pero si aprenderá de ella es problema aparte.

* Profesora Titular.  Departamento de Ciencia Política. Universidad de los Andes

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