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Izquierda: ¿desgastada, robusta o cojeando?

Arlene B. Tickner
28 de octubre de 2014 – 10:23 p. m.

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Las elecciones en Brasil y Uruguay han sido el más reciente motivo de debate sobre el estado de la izquierda en América Latina.

Mientras algunos consideran que el estrecho triunfo de Dilma Rousseff y la peleada segunda vuelta que enfrenta Tabaré Vázquez son señal de desgaste de los gobiernos progresistas, otros ven en su misma capacidad de mantenerse en el poder evidencia de solidez y longevidad. Aunque suene ilógico, es posible que ambas interpretaciones tengan algo de razón.

Para los escépticos, la jornada electoral del pasado domingo confirma un cambio en el clima político regional. En Brasil, los resultados reflejan un país dividido geográfica y socialmente, y decepcionado con Rousseff y el Partido de los Trabajadores. El desencanto por la corrupción endémica, la precariedad de los servicios públicos y el estancamiento económico. Pese a que el Frente Nacional uruguayo sacó más votos de lo pronosticado, la victoria definitiva de Vázquez no está garantizada, sobre todo si los partidos tradicionales, Nacional y Colorado, se alían. Mientras que José “Pepe” Mujica goza de altas tasas de aprobación, su celebrada legalización del aborto, el matrimonio gay y la marihuana ha escandalizado a más de un votante.

Michelle Bachelet y Evo Morales, reelegidos con más del 60% del voto en diciembre del año pasado y hace pocas semanas, respectivamente, parecerían retar las anteriores observaciones. En el caso de Chile, las altas tasas de abstención, junto con la polémica en torno al sistema educativo, sugieren cierta apatía e insatisfacción de la población. Por su parte, en Bolivia, junto con Ecuador, se argumenta que —como en el caso de Venezuela y Nicaragua— Morales y Rafael Correa practican lo que Steven Levitsky y Lucan Way llaman “autoritarismo competitivo”, consistente en el ejercicio del liderazgo populista con retórica progresista, el aumento del poder y la permanencia presidencial mediante asambleas constituyentes, el debilitamiento de los frenos y contrapesos institucionales, y el control o intimidación de los medios y la oposición.

Para los optimistas, el manejo acertado de los temas sociales y económicos por parte de la izquierda explica su éxito prolongado en las urnas. Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y Uruguay han experimentado reducciones extraordinarias en los niveles de pobreza, alzas en el ingreso per cápita, aumentos en el salario mínimo y disminución del desempleo. A su vez, el Estado ha asumido un rol activo en el suministro de bienes públicos, incluyendo educación, salud, transporte e infraestructura, y en la transferencia de riqueza a sectores vulnerables de la población. Por ejemplo, hoy el programa brasileño insignia, Bolsa Familia, cobija a 57,8 millones de personas. Esto ha ido acompañado de grados variados de pragmatismo económico y disciplina fiscal que han permitido crear a su vez un clima relativo de estabilidad.

Empero, las mismas reformas impulsadas han creado una nueva clase media que exige políticas que la beneficien; para la muestra, las protestas en Brasil y Chile por el transporte público y la educación. Ahora que la época del crecimiento “fácil”, por los altos precios de las commodities, ha terminado, una de las incógnitas que enfrenta la izquierda —además de la preservación de la democracia en algunos casos— es cómo ampliar las políticas sociales, para las que goza de un amplio mandato político, sin quebrarse en el intento.

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