Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Pese a sus diferencias, hay un hilo común que atraviesa las protestas que se esparcen por el mundo y que tienen como principal expresión en América Latina (y Colombia) a los movimientos estudiantiles.
Se trata del legítimo desencanto de una “generación perdida”, altamente informada e interconectada, gracias a las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, que percibe que el sistema económico y político no sólo se ha olvidado de ella sino que es indiferente a sus angustias y sus sueños.
Los jóvenes de hoy tienen tres veces más probabilidad de estar sin empleo que los adultos. Según la Organización Internacional del Trabajo, el desempleo juvenil ha llegado a niveles epidémicos, casi 13% en promedio en 2010 y 2011, con extremos inimaginables de 40% en España e Italia, 20% en Francia y Estados Unidos y de 15 a 30% en los países de América Latina. Entre quienes gozan de trabajo muchos padecen la pobreza (extrema), dado que lo tienen en el sector informal, de largas horas, mala calidad y sin beneficios sociales. En consecuencia, la juventud también representa un número desproporcionado de los llamados working poor.
Si bien América Latina se ha visto menos afectada por la crisis mundial financiera, el Informe Latinobarómetro 2011 indica que 21% de los jóvenes entre 15 y 24 años no trabajan ni estudian. Aunque las políticas públicas desarrolladas en la región han avanzado positivamente en la cobertura universal de la educación primaria, y en menor medida la secundaria, solamente uno de cada tres latinoamericanos accede a la educación superior (con excepciones importantes como Argentina y Cuba). Existe, además, una fuerte correlación entre el nivel de ingreso familiar y el acceso, y tasas altas de deserción —más de 50%— que se concentran en los estratos socioeconómicos más bajos.
Adicionalmente, la expansión de la oferta en la educación superior, sobre todo desde los noventa, ha estado acompañada del aumento de la desigualdad en términos de calidad. La quimérica fe neoliberal de que el mercado se encargaría de garantizar estándares educativos acordes con las exigencias de la globalización produjo, entre otros efectos indeseables, una explosión no regulada de universidades privadas “de garaje”.
El que la falta de acceso al empleo y la educación constituyen dos de los principales motores de las conductas criminales, así como de decisiones como la de emigrar de un país a otro, es una obviedad. Como también lo es la relación positiva que existe entre la educación y la calidad del empleo, el nivel salarial, la reducción de la desigualdad e, incluso, el fortalecimiento de la democracia.
Por ello, el hecho de que los Estados inviertan más en la salud y las pensiones de las poblaciones adultas —por no mencionar su exorbitante gasto en armas— que en la educación y el empleo juvenil ilustra una tendencia miope. Con implicaciones alarmantes si se considera que la mayoría de los habitantes del planeta tiene menos de 30 años y más de la cuarta parte es menor de 15. Mientras que la justicia intergeneracional no sea defendida por los Estados, esta juventud con posible no futuro hace bien en rebelarse contra los mayores. ¿Quién quita que el inconformismo creativo e inteligente no sea su futuro?