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La derrota del kirchnerismo en las elecciones presidenciales de Argentina, en donde –de forma parecida a lo ocurrido en Bogotá y a lo que puede suceder en las legislativas de Venezuela– “pudo más” el cansancio con el statu quo actual, constituye el signo más reciente del viacrucis de la izquierda en América Latina.
Mientras ejercía desde la oposición, esta denunciaba con lucidez y efectividad las injusticias del neoliberalismo y las limitaciones de la democracia representativa y prometía un modelo alternativo de desarrollo económico y de participación política más incluyente y equitativo. El boom en el precio internacional de las materias primas desde principios del siglo XXI generó una coyuntura extraordinaria y tal vez única de crecimiento que permitió a la izquierda ya instalada en el poder ganar mayor autonomía vis-à-vis el dogma neoliberal e intensificar aquellas políticas que redujeran la pobreza y la desigualdad (aunque en menor medida), aumentaran los servicios públicos (sobre todo en salud y educación) y potenciaran un mayor sentido de derechos entre las poblaciones más vulnerables.
No obstante, y como ocurre con Sísifo –condenado por los dioses a realizar el acto absurdo de empujar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde se cae y toca volver a hacerlo infinitamente–, la izquierda latinoamericana impulsa con gran esmero los ideales de justicia social, desarrollo con equidad y democratización de la democracia, pero no ha demostrado tener los medios para coronar la cima. Existen factores estructurales innegables, internacionales (como las fuerzas de la globalización) y nacionales (como la debilidad institucional y los déficits en ciencia y tecnología y capital humano), que han hecho difícil materializar la promesa de que “otro mundo es posible”. Pero no es menos cierto que las decisiones económicas y políticas tomadas por distintos gobiernos progresistas –entre los cuales existen diferencias considerables– son también responsabilidad suya.
Además de la corrupción descomunal que mancha su actuar en la mayoría de los países en donde gobierna, la izquierda enfrenta dos tensiones que aún no ha resuelto. Primero, entre el principio democrático de la primacía de las instituciones y el Estado de Derecho, y la dictadura plebiscitaria o el Estado de Opinión que invitan al ejercicio directo de la soberanía popular y la perpetuación en el poder. Segundo, entre el desarrollo equitativo y sostenible, y la adopción de un neoextractivismo con control del Estado que ha permitido superar algunos efectos negativos de dicho modelo –como la pobreza y el intervencionismo transnacional– pero que reproduce el papel subordinado y dependiente de América Latina en el mercado internacional, al tiempo que genera efectos ambientales y sociales negativos.
Puede que la lucha hacia la cima sea suficiente para satisfacer a los partidos de izquierda, pero no lo es para resolver los problemas cotidianos ni llenar las expectativas de muchos habitantes de la región, que mediante el mismo eterno retorno han llegado a esperar más. Esa es la desdicha actual de la izquierda latinoamericana y la razón de ser de su necesaria autocrítica y reinvención.