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La otra epidemia

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Más allá de la efectividad y rapidez (o no) con la que diversos países y agencias internacionales hayan actuado para combatir el virus AH1N1, las reacciones mundiales a éste deja al descubierto el lado oscuro de la globalización. 

Específicamente, la profunda interdependencia que genera el movimiento de bienes, personas, ideas y en este caso enfermedades alrededor del globo, resalta vulnerabilidades dentro los países que incentivan el temor y la xenofobia.

Esa misma interconectividad hace que los efectos “colaterales” de las epidemias se multipliquen, en especial en los países en donde éstas se originan. Como ocurrió en el caso de México. A pocos minutos de que las autoridades reconocieran la existencia del virus, el pánico se apoderó del mundo. Su catalizador principal, las tecnologías de la información, mediante las cuales múltiples actores, entre ellos los medios formales de comunicación, comenzaron a reportar sobre los hechos.  Sin embargo, la “epidemia informática” que resultó de la difusión instantánea, masiva y descontrolada de la noticia mezcló los hechos con algo de especulación y alarma.

Una de las primeras víctimas que cobró esta otra “epidemia” fue el peso mexicano, cuya caída —causada inicialmente por la crisis económica mundial— se agravó.  Pero también sufrió, casi de inmediato, el turismo. En Ciudad de México y otros destinos turísticos como Cancún, el éxodo extranjero produjo pérdidas millonarias. Por su parte, en un sinnúmero de lugares desde Chile hasta China, la estigmatización se sobrepuso a la solidaridad.

Chile, junto con Colombia, se negó a prestar sus canchas para que dos equipos mexicanos pudieran seguir en la Copa Libertadores, ante la negación de sus homólogos de Brasil y Uruguay a jugar en el país azteca. Argentina, Perú, Ecuador y Cuba prohibieron los vuelos a México, y Francia buscó sin éxito que los miembros de la Unión Europea hicieran lo mismo. China fue más extrema aún, tal vez por temor a que se repitiera lo ocurrido con el virus SARS en 2003.  Además de congelar el tráfico aéreo y las importaciones de cerdo, puso en cuarentena a centenas de mexicanos y detuvo a 300 huéspedes de un hotel por temor a un posible contagio.

Algunos casos recientes de epidemias —SARS, gripe aviar, y AH1N1— sugieren que las respuestas internacionales están condicionadas no sólo por los argumentos científicos sino por el miedo. Lo cual no significa que ellas no planteen grandes riesgos en un mundo globalizado. Pero el hecho de que el AH1N1 haya causado esta reacción —y frente a México y no Estados Unidos—  mientras que brotes más graves de cólera, sida, ébola y dengue pasan inadvertidas, comprueba que hay otros factores subjetivos en juego.

Una lección que deja este episodio es que el control de las “epidemias informáticas” sigue siendo uno de los principales retos que enfrenta la comunidad internacional en el combate a problemas como las pandemias que, por su carácter transfronterizo, exigen soluciones cooperativas y no la búsqueda de culpables.

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Mi última columna hace uso incorrecto del latín.  En lugar de respice (re) electio debió haberse llamado respice (re) electionem.

* Arlene B. Tickner, Profesora Titular. Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes.

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