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El referendo de mañana, en el que los escoceses responderán “sí” o “no” a la pregunta “¿Debe Escocia convertirse en un país independiente?”, no sólo constituye un momento determinante en la historia de Gran Bretaña, sino que plantea interrogantes esenciales sobre la autodeterminación, la democracia y el papel del Estado en el mundo actual.
El impulso alcanzado por el sí se debe a varios factores. Primero, la autonomía política local ha sido utilizada por el Partido Nacional Escocés para aumentar su poder y reforzar la impresión de que entre Escocia (progresista) e Inglaterra (conservadora) existen disonancias ideológicas significativas que el gobierno británico no ha respetado. Segundo, las diferencias culturales que existen entre escoceses e ingleses se han vuelto más sensibles a la par con la antipatía política señalada. Tercero, se ha popularizado la idea de que una Escocia independiente podría hacer mejor uso de la riqueza en hidrocarburos del mar del Norte para atender las necesidades de su población.
Aunque no ocurren a diario, referendos como éste no son tampoco excepcionales. Desde 1945 se han realizado un total de 50 en todo el mundo, la mayoría ocurridos en los años noventa como resultado de la disolución del bloque soviético. Con excepción de Montenegro, que se separó de Serbia en 2006, los votos independentistas realizados en democracias desarrolladas han tendido a fracasar. El caso más célebre es el de Quebec, en donde dos veces, en 1980 y 1995, el sí perdió por márgenes pequeños.
No obstante, la independencia y la autodeterminación parecen ganar más adeptos, lo cual explica el interés internacional que han generado las elecciones en Escocia. Entre los más expectantes está Cataluña, que ha anunciado un proceso similar para el 9 de noviembre de este año, pese a las advertencias del gobierno español de que la Constitución de 1978 lo prohíbe. La lista incluye también a Quebec, que aún no abandona su sueño; el País Vasco, en donde el cese de actividades armadas por parte de Eta abre las puertas a una separación no violenta y democrática; Gales, que goza actualmente de autonomía (como Escocia), pero desea más; Flandes, en donde los partidos políticos han comenzado a formular un discurso independentista; el Norte de Italia, y Venecia y Veneto, que por razones económicas y culturales, respectivamente, han manifestado un repudio creciente hacia el Estado italiano, y la isla de Córcega, que busca apartarse de Francia. Por no mencionar ejemplos más complejos, como el Tíbet y Kurdistán, una zona que atraviesa partes de Turquía, Siria, Irak e Irán y que los kurdos reclaman como Estado independiente.
Aunque son casos muy distintos, todos evidencian alguna combinación de factores comunes: el aumento del nacionalismo, la defensa de prerrogativas económicas, el sentido de injusticia social y política y el desencanto con los gobiernos centrales. En todo ello, el impacto de la globalización también es innegable. No sólo ha cultivado las identidades locales sino que ha creado tal vez la sensación de que en un contexto global caracterizado por el libre movimiento de bienes, inversión, riqueza e ideas, el Estado-nación puede sobrar. Así, y más allá de lo que pasa en Escocia, la aparición de las “nuevas” independencias ilustra lo contagiosa que puede ser una idea como esta, máxime cuando el imaginario colectivo comienza a ver en ella una fórmula viable para defender formas de vida distintas.