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Hong Kong amanece esta semana con menos manifestantes y menos bloqueos de las vías de acceso a sus principales distritos comerciales y edificios gubernamentales.
Luego del pico en la protesta pro democracia Occupy Central a finales de septiembre, y su represión inusitada por parte de la Policía, el presidente chino, Xi Jinping descansa un poco más tranquilo. No sólo evitó un desastre publicitario parecido a Tiananmen sino que logró diluir por ahora las demandas principales del movimiento. El protegido del Partido Comunista, el impopular Leung Chun-ying, no renunciará y el diálogo con los líderes estudiantiles no resultará en que los candidatos de las elecciones de 2017 sean seleccionados y elegidos por sufragio universal directo. Pese a ello, es difícil no ver en la “revolución de los paraguas” un fantasma más que acecha a Pekín.
En las regiones autónomas (de nombre, pero no en la práctica) de Tíbet y Xianjing, por ejemplo, la exclusión y discriminación política, económica y social de los grupos étnicos locales ha sido la norma, junto con la represión brutal por parte del gobierno central de cualquier atisbo de protesta y la negativa a negociar mayores derechos en la administración de los asuntos propios. Aunque la restricción de acceso de la prensa internacional hace menos costoso el uso de la violencia allí en comparación con Hong Kong, su impacto sobre la imagen china en el exterior ha sido en todo caso negativo.
A su vez, el Movimiento Girasol taiwanés del año pasado evidencia el rechazo de sectores importantes, en especial los jóvenes, a los intentos de su actual mandatario por reforzar los lazos comerciales y financieros con China. Frente a la insistencia de ésta de materializar la idea de “un país, dos sistemas”, diseñado originalmente para Taiwán pero aplicado sólo en Hong Kong, el temor es que la creciente dependencia económica taiwanesa lleve a una mayor intromisión política china y eventual unificación, rechazada por la mayoría de la población.
Desde que asumió la presidencia en 2012, Xi Jinping se ha dedicado a construir su legado como reformista, al estilo de Deng Xiaoping. El “sueño chino”, un eslogan empleado por el líder, hace referencia a su visión para “rejuvenecer” al país y retornarlo a su antiguo estatus de potencia global. Empero, como ha ocurrido en el caso de otros líderes, como Mao Tse Tung, Deng o Jiang Zemin, cuyos legados históricos fueron manchados por la Revolución Cultural, la masacre de Tiananmen y la persecución del movimiento religioso, Falun Gong, respectivamente, un manejo equivocado de problemas como Hong Kong amenaza con entorpecer el proceso.
La forma en que Pekín enfrenta sus fantasmas afectará no sólo los intentos chinos por afianzar su poderío y prestigio internacional, sino también los desarrollos políticos en el interior del país. Las manifestaciones en Hong Kong retan simbólicamente la perdurabilidad a largo plazo del modelo híbrido de China, en especial la coexistencia pacífica entre el autocrático “socialismo con caracteres chinos” y el capitalismo.