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Más allá del «supermartes»

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Las primarias de diez estados de los Estados Unidos definirán el apoyo de 437 de los 1.144 delegados que debe reunir el candidato republicano que gane la nominación del partido.

Sus resultados ofrecerán pistas sobre la solidez del mayor opcionado, Mitt Romney, quien hasta ahora dobla en delegados al contendor más cercano, Rick Santorum, y supera con creces los de Newt Gingrich y Ron Paul. El “supermartes” también dará indicios sobre la duración de esta contienda, que entre más se prolongue, menos tiempo y finanzas deja para enfrentar a Barack Obama en las elecciones presidenciales. Más trascendental aún, el actual ciclo electoral pone de relieve la polarización que existe dentro del Partido Republicano, así como entre la población en general.

Una tipología desarrollada por el Pew Research Center en 2011 confirma que los estadounidenses están más divididos que nunca en términos de sus afinidades políticas. Entre los votantes registrados, 25% se clasifica como “principalmente republicano”, 40% como “principalmente demócrata” y 35% como “independiente”. Además del alto número que no se identifica con ninguno de los dos partidos, llama la atención la diversidad de los independientes. Estos incluyen a “libertarianos” (representados por Paul), que creen en el libre mercado y los gobiernos pequeños, pero rechazan el intervencionismo en política exterior; “descontentos”, cuyo rasgo principal es el cinismo provocado por la crisis económica, y “postmodernos”, un sector moderado en lo económico y político, pero “liberal” en lo social. Los demócratas exhiben un abanico ideológico similar que va desde un bloque “duro” comprometido con una agenda gubernamental, económica y social progresista, hasta sectores integrados por la comunidad afroamericana e hispana que son conservadores en lo social y religioso.

En lo que respecta a los republicanos, la tipología de Pew identifica a “conservadores acérrimos”, la base de apoyo natural de Santorum y el Tea Party, y los de “Main Street”, la de Romney. Los primeros se caracterizan por un conservatismo extremo en todo —el tamaño y papel del Gobierno, la economía, la política exterior, los problemas sociales y la moral— y los segundos por uno más moderado y menos generalizable. Ello sugiere mayor homogeneidad que en el caso del partido demócrata, aunque el extremismo de los “conservadores acérrimos” plantea un obstáculo a la hora de encontrar el punto intermedio necesario para arrastrar todo el voto republicano y parte suficiente del independiente.

Por ahora, lo que articula a los republicanos es su animadversión hacia Obama, que se refleja en el mantra militante que repiten los candidatos: menos impuestos, menos regulación, menos gobierno (con excepción del gasto militar) y menos inmigrantes. Las posiciones incendiarias de Santorum en contra del matrimonio gay, el aborto, la anticoncepción, la salud universal, la educación pública, la protección ambiental y la separación entre Iglesia y Estado, aunque gozan de popularidad entre la ultraderecha de mayoría evangélica, aíslan a los republicanos moderados, los independientes del centro y los jóvenes. Por su parte, Romney no suscita emoción ninguna, levanta sospechas entre los más conservadores por su pasado “liberal” como gobernador de Massachusetts, antipatía entre las clases bajas, y tiene un gran talón de Aquiles que es su religión mormona. En el contexto descrito, lo único cierto es que el clima electoral tenderá a volverse más tóxico.

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