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A dos semanas de las elecciones presidencales en Estados Unidos, Barack Obama parece, como lo afirmó la revista Semana en su penúltima portada, “inatajable”.
Está delante en todas las encuestas de opinión, en un promedio de 5,8% según la entidad Clear Real Politics; el número de votos electorales que ha asegurado se acerca a la cifra ganadora de 270; ha recolectado más dinero de más personas que cualquier otro político en la historia –el aporte promedio de los aproximadamente $600 millones recaudados es apenas $100; 112 periódicos lo han endosado a la fecha (23 de los cuales apoyaron a George W. Bush en 2004), comparado con sólo 39 endosos para su contendor; y el ex secretario de Estado republicano, Colin Powell, acaba de avalar su candidatura, siendo éste amigo de John McCain.
A pesar de que son muy altas las probabilidades de que Obama sea el próximo Presidente de los estadounidenses, es prematuro cantar victoria. Las contiendas presidenciales, y ésta en particular, dependen de múltiples variables que son impredecibles. A pesar de que la campaña de Obama ha sido exitosa en el registro de nuevos votantes –en su mayoría jóvenes y afroamericanos– especialmente en estados indecisos como Florida, Ohio, Indiana y Nuevo México, una cosa es registrarse y otra votar. En un país cuyo nivel promedio de abstención es 50%, factores varios, entre ellos el estado del clima, podrían afectar en el número de personas que votarán el 4 de noviembre. Asimismo, los operativos desarrollados por los republicanos para hacer votar a los estadounidenses han sido por lo general más efectivos que las estrategias de los demócratas.
De la misma forma que la crisis financiera le ha favorecido a Obama, un ataque terrorista u otro incidente internacional que amenazara la seguridad de Estados Unidos potenciaría nuevamente a McCain. Vale la pena recordar que en la contienda presidencial de 2004 un video de Osama Bin Laden que se dio a conocer poco antes de las elecciones jugó precisamente en contra de John Kerry y a favor de Bush.
El tema racial sigue siendo la principal esperanza de los republicanos para impedirle a Obama la victoria. No hay consenso sobre el impacto potencial del efecto Bradley, consistente en “mentirle” al encuestador sobre la intención de voto frente a un candidato “negro” por temor a ser tildado de racista. Además, tratándose de la única elección presidencial en donde esta variable ha jugado, los casos electorales previos pueden ser poco ilustrativos. Sin embargo, es indiscutible que el racismo inconsciente puede costarles votos a los demócratas. Tal es el caso de algunos electores de la tercera edad que, habiendo votado por ese partido toda la vida, serían incapaces de escoger un hombre “de color”. Pero también es el de otros sectores que, a pesar de considerarse progresistas, serán esquivos a votar por Obama y más aún por una Primera Dama más afroamericana que él dentro de la privacidad de sus cabinas de votación.
Yo le sigo apostando a Obama.
*Profesora Titular, Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes.