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Olvidar el 11 de septiembre

Arlene B. Tickner
13 de septiembre de 2016 – 10:00 p. m.

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A 15 años de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, el recuerdo de los dos aviones estrellándose contra las Torres Gemelas y del hundimiento de éstas sigue grabado en la memoria global colectiva.

Es difícil de olvidar por su significado político —en palabras de Jean Baudrillard, marcó el desmoronamiento material y simbólico de la superpotencia mundial y de la globalización neoliberal— y porque como imagen fue un espectáculo mediático como ningún otro en la historia. Sin embargo, los gobiernos de Estados Unidos y Europa también necesitan que recordemos. Más allá de conmemorar a las víctimas, la promesa de mantener vivos el 11 de septiembre y otros actos de terror cometidos desde entonces funge como pretexto para cosechar el miedo y justificar lo que ha hecho Occidente en nombre de la “amenaza terrorista”: guerra y coerción afuera, y restricción de los derechos civiles y vigilancia adentro.

Luego de los ataques en Nueva York y Washington, George W. Bush declaró la “guerra mundial contra el terrorismo”, que ha llevado al involucramiento militar de Estados Unidos en Afganistán, Irak, Libia, Yemen, Somalia, Pakistán y Siria. En éstos no solo ha practicado torturas, asesinatos selectivos y ataques con drones, sino que directa e indirectamente ha sido partícipe de la muerte de más de un millón de personas, muchas de ellas civiles. Pese a la muerte de Osama bin Laden y de otros líderes yihadistas, Al-Qaeda se ha reinventado y ha expandido sus franquicias alrededor del mundo, a la vez que de sus entrañas emergió un grupo aún más violento y poderoso: el Estado Islámico.

Dentro de Estados Unidos (y de la mayoría de los países europeos), la libertad y la privacidad se han limitado de forma ostensible en aras de proveer mayor “seguridad”. En el caso de la primera, el Acta Libertad (la versión rebautizada del Acta Patriota) sigue otorgando poderes extraordinarios para interceptar comunicaciones, censurar opiniones políticas “indeseables”, detener a “sospechosos” e impedir que viajen por avión, pese al escándalo de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) destapado por Edward Snowden.

La memoria de las Torres Gemelas y de sus casi 3.000 víctimas podría utilizarse para analizar los orígenes históricos del terrorismo islámico y los factores que explican su proliferación actual —incluyendo la globalización neoliberal y los agravios, injusticias y desigualdades que ha sembrado— y cultivar mayor empatía con los otros 11-S que se viven a diario en distintos lugares, algunos provocados por Occidente. En su lugar, la instrumentalización de este histórico acontecimiento ha sumido a buena parte de la sociedad mundial en una lógica de guerra de la cual aún no salimos, estigmatizando de paso a los musulmanes en todo el globo. Sin el ánimo de minimizar lo que fue un acto horrífico ni el dolor de quienes lo padecieron, las atrocidades posteriores validadas en su nombre hacen pensar que es mejor olvidar el 11 de septiembre.

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