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Piruetas diplomáticas

Arlene B. Tickner
04 de noviembre de 2014 – 09:01 p. m.

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Desde que se iniciaron los diálogos de paz en La Habana, la estrategia empleada por el presidente Santos para involucrar a distintos actores internacionales ha sido cautelosa, dirigida y basada en una imagen de autosuficiencia.

A diferencia de la “diplomacia por la paz” de Andrés Pastrana, que buscó internacionalizar el conflicto armado mediante un discurso de “Estado fallido” que reclamaba la cooperación y el acompañamiento activo de múltiples países e instituciones multilaterales, la “historia de éxito” que se ha proyectado hacia el exterior en años recientes sugiere que el Estado colombiano puede resolver autónomamente sus problemas. Dicha autosuficiencia ha sido transmitida de forma explícita por el Gobierno a distintos interlocutores, incluyendo la ONU, cada vez que éstos han intentado ofrecer opiniones o recomendaciones no solicitadas.

A la vez, mientras que la de Pastrana fue una internacionalización “a la loca”, sin claridad en los roles a ser ejercidos por distintos actores extranjeros ni en los objetivos específicos a cumplirse, la forma pausada en la que Santos ha administrado el tema sugiere mayor conciencia sobre la necesidad de precisar el cómo y para qué de la participación de la comunidad internacional.

La megagira que realiza Santos en Europa, aunque ambiciosa —seis presidentes y dos monarcas en una sola semana—, pone de presente las posibles inconsistencias de su estrategia. No es sorpresa para nadie que el propósito central es pasar el sombrero entre los países miembros de la Unión Europea en búsqueda de aportes para un fondo fiduciario, inventado hace poco y aplicado por primera vez a la República Centroafricana. Aunque no se sabe cuánto valdrá el posconflicto, el costo monumental del desarme, desmovilización y reinserción de las Farc, reparación a las víctimas, restitución de tierras, mantenimiento de las Fuerzas Armadas, mejoramiento de la infraestructura y desarrollo rural no será compensado en lo inmediato por los llamados “dividendos de la paz”.

Entre los principales desafíos de Santos está la explicación —a un continente que aún no sale de su propia crisis económica— de por qué Colombia, país que ha publicitado ante el mundo su inminente ingreso a las “ligas grandes” como la OCDE, no puede costear su propio posconflicto. El hecho de que la Unión Europea ha buscado posicionarse en años recientes como financiador de proyectos de estabilización y reconstrucción constituye un aliciente, pero, como todo donante internacional, ésta no solo querrá ejercer control sobre la inversión de sus dineros sino que fijará condiciones ante el Gobierno y las Farc para su desembolso. Asimismo, y como ocurrió en el caso de Plan Colombia, en donde el papel desmesurado de EE.UU. constituyó un desincentivo para la participación de otros, es posible que esta nueva edición del “Plan Marshall” formulada por Santos sea opacada por el papel que Washington, tarde o temprano, desempeñará en el posconflicto.

Ha disminuido ostensiblemente la voluntad y capacidad europea de prestar cooperación, sobre todo a países como Colombia, que demuestran su crecimiento económico. Convencer al continente (y al mundo) de lo contrario exige piruetas diplomáticas que pueden resultar tan cómicas como el traje utilizado por Santos para recibir el doctorado honoris causa en España.

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