¡Que empiece el show!

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Ayer arrancó el juicio político contra Donald Trump en el Senado. Si bien el impeachment constituye un hecho extraordinario y de suma gravedad —es tan solo la tercera vez que ocurre en la historia de los Estados Unidos—, es casi nula la probabilidad de que culmine en la condena y destitución del mandatario. Sin embargo, la conducción y duración del mismo, así como la reacción de la opinión pública, pueden ser decisivos para la búsqueda de su reelección.

Como jurado y juez del proceso, el líder republicano del Senado, Mitch McConnell, presentó una resolución sobre las reglas que lo regirán, la cual excluye la introducción de nuevos documentos y testigos (incluyendo el exasesor de seguridad John Bolton), algo en lo cual han sido enfáticos los demócratas. Pese a insistir en que el guion propuesto para el juicio contra Trump es el mismo usado para enjuiciar a Bill Clinton en cuanto a secuencia y votaciones, en la práctica el plan de McConnell —que refleja los deseos de la Casa Blanca— es acelerar y aminorar el proceso mediante la restricción del uso del tiempo y la no aceptación automática de los hallazgos de la Cámara de Representantes, que actúa como fiscal.

Al tiempo que el Senado, un escenario político y partidista, actúa como juez, la Constitución exige que el jefe de la Corte Suprema, en este caso John Roberts, nombrado por George W. Bush, lo presida, sin especificar el rol a jugarse. No obstante su papel ceremonial y simbólico, Roberts podrá influenciar la fijación de reglas y opinar sobre asuntos procedimentales a lo largo del juicio. Dado que el magistrado se ha convertido en un fuerte defensor de la necesidad de que la Corte Suprema no se politice, es de esperar que busque ser lo más neutral posible en el impeachment. En qué consiste dicha neutralidad queda por verse.

Una vez aprobadas las reglas, las cuales fijarán el tono de todo el juicio, los siete fiscales de la Cámara presentarán su caso, consistente en que Trump cometió abuso del poder y obstrucción al Congreso. Luego, los defensores, presididos por Ken Starr —el mismo que representó a Clinton—, argumentarán que aquél actuó en bien del interés estadounidense en Ucrania y que las acusaciones de la Cámara son políticamente motivadas. La “leguleyada” que puede presentar la defensa es que, aun si el mandatario abusó de su poder al matonear al presidente ucraniano para que interfiriera en las elecciones de 2020, no fue acusado de ningún crimen, con lo cual no procede el juicio político. Posteriormente, y según evolucionen las votaciones sobre cada moción —que requieren una mayoría simple de 51 senadores—, se dará la pelea sobre evidencias y testigos adicionales.

Aunque Trump termine exonerado —se requerirían dos tercios del Senado para su remoción— es improbable que se deseche el proceso como tal, en especial porque hay un grupo de republicanos moderados comprometidos con la realización del juicio como una manera de mantener su credibilidad ante sus electores. Así, el detalle del impeachment estará en su forma y su duración. Por ahora, y según la más reciente encuesta de CNN, un 51 % de los estadounidenses quieren que Trump sea destituido por el Senado, cifra levemente mayor que las encuestas pasadas. ¡Que empiece el show!

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