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De los fenómenos contemporáneos en Medio Oriente y Norte de África, Al Jazeera — el canal satelital de noticias y análisis que se transmite desde Doha a millones de personas en más de 100 países – figura entre los más transformativos. Creado en 1996 con el objeto de diferenciar a Qatar y su emir del antiguo régimen mediante la promoción de valores “modernos”, entre ellos la libertad de prensa, en poco tiempo AJ no solo desmintió los temores de que fuera un vehículo propagandístico de las autocracias patriarcales del Golfo Pérsico sino que revolucionó las prácticas mediáticas de la región así como el debate público al tratar temas políticos, económicos y sociales anteriormente tabúes con niveles de sofisticación y profesionalismo comparables con los grandes emporios noticiosos como CNN y BBC. Desde la apertura de la versión en inglés en 2006, el canal también aumentó su status e influencia internacionales al asegurar una audiencia angloparlante.
Pese a que el rol protagónico de Al Jazeera en la apertura y la sofisticación de los medios de comunicación del mundo árabe es indiscutible, no ha estado exento de controversia. Ha sido acusado de tendencioso por distintos gobiernos a lo largo del espectro ideológico, desde George W. Bush hasta Muamar Gadafi, y reiteradamente de anti-semita por sus reportajes críticos sobre Israel (en donde de todos modos, opera desde Jerusalén sin censura). Desde la primavera árabe, para la cual fue una fuente crucial de noticias, su apoyo abierto al gobierno de Mohamed Morsi en Egipto (depuesto por los militares en 2013) y a la pan-islamista Hermandad Musulmana — cuya participación en política es prohibida en algunos países, pese a que defiende la no violencia y la legitimidad electoral – ha sido merecedor de crítica, así como su silencio general sobre la situación interna qatarí.
En la raíz del conflicto diplomático actual entre Arabia Saudita y Qatar, no está el terrorismo, como ha alegado cínicamente la primera, sino Al Jazeera. Para la muestra, entre las trece condiciones presentadas por los sauditas y sus aliados para normalizar relaciones, está el cierre del canal.
La importancia de AJ en la actual coyuntura internacional es así múltiple. El hecho de que sea considerado una amenaza por algunos gobiernos del mundo árabe al mismo tiempo que goza de popularidad y reconocimiento entre sus audiencias, sugiere que sigue actuando como símbolo de la libertad de prensa y expresión, el debate público crítico y el activismo ciudadano. A su vez, y sobre todo en su versión angloparlante, ofrece un contrapeso “internacionalista” necesario a los reportajes escuetos que los medios occidentales suelen producir sobre muchas partes y problemas del globo en los que tienen reducido interés y poco acceso. Con ello, también ha cuestionado el monopolio de Occidente como fuente única de medios de comunicación creíbles y responsables. Haciendo eco de un editorial reciente del New York Times, no es panacea Al Jazeera, pero estas fortalezas, sumadas al riesgo de perder un vehículo con el que los ciudadanos del mundo árabe podrían volver a cuestionar a sus líderes, son un fuerte motivo para defender su derecho de existir.