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Independientemente de nuestro credo, etnia, raza, ideología o clase social, como seres humanos compartimos el deber moral de condenar los actos de barbarie.
Sin embargo, el hecho de solidarizarnos de forma inequívoca con las víctimas de los ataques en París y de rechazar al unísono la violencia demente del Estado Islámico no debe faltar la toma de distancia crítica frente al discurso que se ha construido alrededor de este trágico hecho y las políticas que se adopten como respuesta.
El vil espectáculo de las bombas suicidas en París fue condenado, como debe ser, alrededor del mundo y denunciado por varios líderes occidentales como un ataque contra toda la humanidad y “nuestros” valores universales. Pese a ocurrir otro acto terrorista similar un día antes en Beirut, los libaneses muertos y heridos no suscitaron condena ni manifestación alguna de solidaridad. Tal divergencia en la empatía internacional se vio reflejada en la poca y estéril cubertura mediática que hubo de lo ocurrido en el Líbano. Mientras que ésta racionalizó lo ocurrido allá como una consecuencia “natural” del apoyo de Hezbolá al régimen sirio, lo de Francia se interpretó no como una retaliación por sus bombardeos en Siria, sino una prueba más del mal llamado choque de civilizaciones.
Aunque entendible, la declaratoria francesa de la guerra contra el Estado Islámico recrea dicha división entre un “nosotros” occidental y un “ellos” en donde tanto los yihadistas fundamentalistas como los musulmanes del común terminan metidos. Dado que el “enemigo” no solo proviene de afuera –entre los mismos ciudadanos europeos hay marginados y alienados que engrosan las filas del EI–, librar tal guerra sin agravar la islamofobia y el rechazo hacia las hordas de refugiados, que también están huyendo del mismo grupo, constituye un reto gigante.
En esta previsibilidad en la que cae Occidente una y otra vez es a la que apuesta el Estado Islámico, que busca con actos brutales como las decapitaciones televisadas y ahora las bombas suicidas en el propio territorio de los “infieles”, forzar la intensificación del uso de la fuerza en Siria y la adopción de mayores medidas de seguridad en Francia y Europa –incluyendo restricciones a la migración o, incluso, la revocatoria de la ciudadanía y deportación de quienes pertenecen a organizaciones islamistas, como lo sugirió la derecha francesa–. Como indican casos como Afganistán, Irak y Libia, tales medidas juegan paradójicamente a su favor, ya que no solo son inefectivas y contraproducentes, sino que terminan marginando a poblaciones no occidentales en lugar de integrarlas en contra de quien para la mayoría constituye una amenaza común. Lo anterior refleja lo dicho por el filósofo francés Jean Baudrillard después de los ataques del 11S. Para él, los sistemas totalizantes y violentos, como el imperialismo y la globalización, crean las condiciones para su propia destrucción. Aunque no se deshacen lógicas como éstas sino después de décadas, entenderlas y contrarrestarlas es también un deber moral.