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Repensar los mitos

Arlene B. Tickner
04 de febrero de 2014 – 11:00 p. m.

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Dos informes de reciente publicación, sobre la corrupción en la Unión Europea y la desigualdad mundial, obligan a repensar los mitos, algo caricaturescos, de que las dos son exclusivas del sur global y de que se trata de dos problemas separados de los que los estados nacionales son los únicos responsables.

Pese a contar con algunos de los países más limpios del mundo, según Transparencia Internacional, un reporte presentado esta semana por la Unión Europea (UE) indica que la corrupción en el continente es “asombrosa”, que afecta a los 28 miembros y que produce pérdidas económicas del tenor de $120.000 millones de euros al año. El 75% de los europeos considera que la corrupción es generalizada, mientras en España, Grecia, Italia, Lituania y la República Checa esa cifra oscila entre 95% y 99%. Por su parte, casi la mitad de las empresas piensa que plantea obstáculos significativos a la hora de hacer negocios. Aunque Bulgaria y Rumania —cuyo primer ministro fue sentenciado hace poco por recibir sobornos— son señaladas como los casos más críticos, en un puñado de países del centro y el sur la corrupción parece haber empeorado, lo cual sugiere que la crisis financiera ha tenido un impacto negativo, socavando también la confianza de los ciudadanos en las instituciones públicas.

El documento Gobernar para las élites de Oxfam, por su parte, analiza el crecimiento de la desigualdad económica en el mundo, declarada por el Foro Mundial Económico como uno de los riesgos más graves que enfrenta la humanidad. Sus hallazgos ilustran una tendencia global de concentración de la riqueza en el 1% más rico del planeta, de la cual el norte no se escapa. El hecho de que siete de diez personas habitan países en donde la desigualdad ha crecido durante los últimos 30 años ha afectado, como en el caso de la corrupción, la credibilidad y la calidad de la democracia. Una mayoría considera que las leyes están sesgadas a favor de las élites, al tiempo que el “acaparamiento de oportunidades” en la educación y el mercado laboral ha profundizado un círculo vicioso en el que la riqueza produce mayor riqueza.

En el caso de Europa, Oxfam señala que, aun antes de la crisis financiera, varios miembros de la UE experimentaban alzas en los niveles de desigualdad, pese a sus altos niveles de crecimiento. Sin embargo, la introducción de programas de austeridad, en especial la reducción del gasto social y la adopción de impuestos regresivos que castigan a los pobres y la clase media, ha generalizado esta tendencia a nivel continental.

Una de las conclusiones de ambos informes ilustra el vínculo estrecho entre la corrupción y la desigualdad. Se estima que la evasión de impuestos por parte de las élites locales y las empresas transnacionales constituye una de las prácticas de corrupción más habituales, siendo a la vez la causa principal de la escasez de recursos públicos de muchos estados. Por ejemplo, alrededor de un tercio del total de la inversión extranjera mundial circula por una extensa red de paraísos fiscales. Esto sugiere que la corrupción y la desigualdad no se circunscriben exclusivamente a los límites nacionales de cada país, en donde el soborno y el tráfico de influencias son también prácticas cotidianas, sino que son producto de unas lógicas globales no reguladas y perversas.

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