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La posesión de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México es histórica en varios sentidos. Se trata del primer gobierno de izquierda en ese país, desde 1929, elegido democráticamente y con un voto jamás obtenido durante la hegemonía del PRI y el PAN, que se extiende al Congreso, donde el partido Morena goza de mayoría en ambas cámaras.
AMLO – tildado como “mesías tropical” por algunos detractores que advierten que es populista y autoritario- se ha referido grandilocuentemente a su proyecto de reivindicación de los pobres y combate a la corrupción, impunidad e inseguridad, como la “cuarta transformación” que sigue los hitos decisivos de la Independencia, la reforma y la revolución. Empero, es difícil vislumbrar cómo será su estilo de liderazgo. Como Pepe Mujica, es modesto e humilde: ha reducido su salario en un 60 %, en comparación con el de Enrique Peña Nieto; se rehúsa a vivir en la residencia presidencial, Los Pinos, y la ha abierto al público; ha puesto en venta el avión presidencial; ha eliminado el Estado Mayor Presidencial, encargado de su protección y la de su familia; y anda en carro particular. Es carismático y goza del apoyo incondicional de las masas, al estilo de Lula de Silva. Y aunque fue duramente criticado por invitar a Maduro a su posesión, a diferencia de este y de otros gobernantes de izquierda en la región, ha prometido que no buscará la reelección. En cuanto a los integrantes de su gabinete, se destacan la paridad de género, la alta formación académica y profesional, y la diversidad de sus trayectorias partidistas.
También existen interrogantes sobre su plan de gobierno. Pese a que en campaña prometió desmilitarizar la lucha contra las drogas como medio para combatir los altos niveles de violencia que asedian a México, su estrategia de seguridad y la propuesta de crear una guardia nacional auguran el uso continuado de “mano dura” por las fuerzas armadas, decisión criticada por las ONG de derechos humanos y comunidades expertas en temas de narcotráfico y crimen organizado. A su vez, desde su elección hace cinco meses, AMLO ha realizado dos “encuestas” sobre la construcción del controversial aeropuerto en Ciudad de México y la del Tren Maya, con votaciones poco representativas, sin preguntar a las comunidades indígenas afectadas en el segundo caso, y en violación de la normatividad existente sobre la realización de las consultas populares. Aunque asocia el neoliberalismo y la privatización con la corrupción, y ha criticado la reforma energética de su antecesor, no ha propuesto alternativas concretas para aumentar la producción de hidrocarburos y mantener la confianza de los inversionistas extranjeros. Finalmente, se observa una coexistencia incómoda entre su plan de austeridad, que busca racionalizar el gasto público y combatir la corrupción, y una política social orientada a reducir la pobreza y la desigualdad, y mejorar el acceso a la educación y la salud, entre otros. Como si todo esto fuera poco, hereda una pésima relación con Estados Unidos, atravesada por asuntos sensibles, como los migrantes, las drogas y el NAFTA.
Si algo es claro, dada la trascendencia de AMLO para México, y para el futuro de la izquierda en ese país y en toda América Latina, es que no tiene derecho a fallar.