Sin querer queriendo

Arlene B. Tickner
26 de febrero de 2019 – 10:00 p. m.

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La violencia presentada en las fronteras de Colombia y Brasil a raíz del intento por ingresar ayuda humanitaria a la brava a Venezuela —que en caso de haber contado con un acompañamiento civil más robusto habría provocado aún más muertes y heridos— fortaleció la mano de quienes argumentan que la solución a la crisis venezolana pasa por algún tipo de acción militar, comenzando por el líder opositor Juan Guaidó y el senador estadounidense Marco Rubio, entre cuyas posiciones recientes existe una sospechosa sincronía.

Afortunadamente, si lo que buscaban los halcones con esta jugada era forzar una decisión hemisférica, su estrategia no resultó, pero tampoco quedó descartada de plano en la reunión de Guaidó con el presidente Duque y el vicepresidente Pence, ni la del Grupo de Lima. Ante la insistencia del venezolano y de algunos de sus embajadores de que el impasse político dentro de Venezuela exige considerar todas las opciones, el enviado de Trump se limitó a responder que Estados Unidos está 100 % con la oposición. A su vez, por más que los gobiernos de Chile, Brasil y Perú se opusieran expresamente a una intervención, la declaración firmada por los países miembros (sin México) reafirma la deseabilidad de una transición pacífica a la democracia “sin uso de la fuerza”, pero se niega a considerar el diálogo con el régimen como camino a ella.

Pese al anuncio de más sanciones estadounidenses para asfixiar a Maduro y su círculo político íntimo y del compromiso del Grupo de Lima de adoptar un cerco diplomático más contundente, el tiempo juega en contra de dichas medidas, más aún cuando se considera que la expectativa de que miembros de la fuerza pública venezolana desertaran en masa no se ha materializado. Ante la inefectividad de las estrategias adoptadas hasta ahora y la renuencia a negociar con un dictador, poco a poco lo impensable se va tornando posible.

Dejando de lado el espíritu intervencionista de Rubio y del consejero de seguridad nacional, John Bolton —quienes le hablan al oído a Trump sobre Venezuela—, sin un hecho determinante que obligue a Washington a iniciar una acción militar directa —por ejemplo, la muerte de ciudadanos estadounidenses a manos de actores venezolanos—, es improbable que ello ocurra. Sin embargo, la Casa Blanca y la Casa de Nariño han advertido que cualquier amenaza a la soberanía de Colombia o agresión contra Guaidó, respectivamente, obligaría a considerar otros mecanismos. Este “lo que es con Colombia o con Guaidó es conmigo” que une a Washington y Bogotá actualmente, constituye el camino más factible a una intervención de algún tipo. En ese sentido, no es un dato menor que desde 2010 se hayan registrado 134 incursiones de la Guardia Nacional Bolivariana en territorio colombiano.

La diplomacia y las sanciones, además de ser lentas para remover a Maduro del poder y restaurar la democracia, pueden hasta empeorar la crisis humanitaria en Venezuela. No por ello podemos permitir que sin querer queriendo se nos venda la mentira de que una intervención militar —directa, “quirúrgica” o la que sea— sería rápida, exitosa y menos cruel. Es tan chiflada la situación que los rumores de acercamiento entre el gobierno chavista y el enviado especial de Estados Unidos, el ultraderechista Elliot Abrams, podría ser de las mejores alternativas no violentas que tenemos.

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