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Yihadismo ‘cool’

Arlene B. Tickner
03 de diciembre de 2014 – 08:27 a. m.

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El Estado Islámico (EI) —que sigue controlando grandes extensiones de territorio en Siria e Irak, a pesar de los esfuerzos de la coalición liderada por Estados Unidos— presenta dos particularidades en comparación con otros grupos yihadistas como Al Qaeda: su uso de redes sociales y su reclutamiento exitoso de extranjeros, entre los cuales llaman la atención los occidentales y las mujeres.

Un informe del Soufan Group de junio de 2014 estima que EI cuenta con alrededor de 12.000 militantes extranjeros de unos 81 países, de los cuales 3.000 son de Occidente, especialmente Inglaterra y Francia, pero también otros europeos, más Australia, Canadá y Estados Unidos. De estos, un 10% pueden ser mujeres.
¿Cuál es el atractivo de los ideales islamistas radicales entre jóvenes de segunda o tercera generación criados en Occidente y beneficiados en alguna medida por sus ventajas sociales, económicas y políticas? Una de las explicaciones más comunes apunta a que ofrece un aliciente y sentido de propósito para quienes padecen del desarraigo provocado por la discriminación étnico-religiosa y el fracaso del multiculturalismo típicos de muchos lugares occidentales. Ante el sentido de agravio y la desadaptación que una ciudadanía de segunda clase les ha inculcado, dichos jóvenes se radicalizan y desarrollan afinidades con el yihadismo.

Por otra parte, hay quienes sugieren que las sofisticadas estrategias de reclutamiento de EI, que utiliza redes sociales como Twitter y Facebook, han permitido conectar con el “espíritu aventurero” de jóvenes que incluso no tienen vínculo cercano con la religión ni saben nada acerca de Siria o Irak. Este yihadismo cool se construye a partir de imágenes que combinan la fraternidad y domesticidad —jóvenes sonrientes que cargan gatos y participan en actos de camaradería, y mujeres alegres con niños que toman café juntas— con la violencia —jóvenes que portan armas e incluso cometen hechos brutales.

A su vez, hace uso de elementos culturales como la música rap y la imprenta (por ejemplo, Dabiq una revista en inglés) que representan a EI en términos románticos como grupo destinado a hacer historia al restaurar la gloria pasada de la civilización islámica.

No existe un reclutado occidental “típico” del Estado Islámico con patologías sociales o psicológicas comunes, sino que corresponde a diversos sectores de la población juvenil, muchos de ellos “normales”, lo cual obliga a repensar las narrativas dominantes sobre este fenómeno. Como mínimo, el hecho de que EI esté encontrando adeptos entre este público sugiere que ofrece “algo” que está ausente en las sociedades de origen de algunos jóvenes. Aunque la mayoría probablemente no se identifique con su lectura sobre la religión ni el califato, ni mucho menos con sus tácticas salvajes, algunas de las ideas que defiende, en especial la necesidad de resarcir las injusticias cometidas por Occidente, corregir sus excesos y reversar el declive del islam, parecen gozar de aceptación entusiasta.

A raíz de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, el filósofo francés Jean Baudrillard observaba que Estados Unidos, y por extensión Occidente, eran cómplices de su propia destrucción, ya que la violencia estructural propiciada por la globalización neoliberal incubaba las condiciones mismas de represalias violentas. Es difícil no preguntarse si el atractivo del yihadismo cool, etiqueta con la que algunos han buscado banalizar la participación occidental en EI, no obedece a algo parecido. 

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