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A nombre de la ley y el orden

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Cuando un país sufre una inseguridad creciente, experimenta cambios económicos significativos y percibe amenazas contra sus tradiciones sociales, se presenta el terreno abonado para que líderes de la derecha impulsen ruidosos movimientos, a nombre de la ley y el orden, que, en ocasiones, logran un amplio respaldo electoral.

Numerosos observadores, por esta razón, no han dejado de encontrar ecos de los mensajes de la campaña de Richard Nixon en 1968 en el discurso de Trump en la convención republicana que terminó el jueves en Cleveland.

Trump apela al temor y la rabia de amplios sectores y promete encerrar a su país para protegerlo del resto del mundo. Millones de votantes blancos, cristianos, pobres y sin educación se sienten amenazados por el avance del matrimonio gay, el aborto, la legalización de las drogas, la tolerancia a las gentes de religiones y razas diversas. Perciben, alentados por la retórica del magnate, que sus enemigos son los latinos, asiáticos, musulmanes y gais; el libre comercio, las importaciones de China y México, el Corán, la libertad sexual y los subsidios que favorecen a los negros y latinos pobres. De acuerdo con su visión, los atentados terroristas en Florida y California son la prueba de que la guerra ya llegó a sus suburbios. Y, a su manera de ver, Obama y los Clinton son cómplices de una conjura pagana contra la América evangélica.

Hace 50 años, las mayorías blancas y conservadoras norteamericanas se sentían sitiadas por las protestas contra la guerra de Vietnam; se horrorizaban con el hipismo, las drogas, la naciente libertad sexual, el ascenso de los derechos civiles, los asesinatos de los Kennedy, Martin Luther King y tantos otros. Nixon, entonces, se benefició de los temores e inseguridades de estos grupos que sentían que el país tradicional que habían recibido de sus padres se les iba de las manos. Con la promesa de restaurar la ley y el orden, ganó con un amplio margen y estableció un gobierno paranoico, desconfiado de los progresistas, los educados, las minorías, con fuertes rasgos racistas, y sumido en la ilegalidad. Terminó con la crisis de Watergate y su propia renuncia.

Este tipo de fenómenos ha ocurrido, guardadas las debidas distancias y proporciones, en América Latina. Ante el ascenso terrorista de Sendero Luminoso, la corrupción y la ineptitud de los políticos tradicionales, los peruanos apoyaron el golpe de Alberto Fujimori. El “Chinito” restauró la seguridad y el orden económico, pero atentó masivamente contra la ley y los derechos humanos y su gobierno alcanzó un nivel inaudito de corrupción. Desde la cárcel ha visto cómo los votantes han rechazado dos veces la propuesta presidencial de su hija.

Los colombianos, después del caos del Caguán, con su país aterrado por una ola de secuestros y asesinatos, apoyaron el proyecto de mano dura de Álvaro Uribe en 2002. Uribe redujo a las guerrillas, recuperó la seguridad, pero terminó con ciertos problemas semejantes a los de Fujimori.

Algunas de estas experiencias muestran que las convocatorias de líderes autoritarios para restablecer la ley y el orden tienen éxito en lo que se refiere al orden, pero, a veces, a costa de quebrantar la ley y vulnerar las instituciones democráticas. Por eso, entre otras cosas, el mundo mira con temor al candidato republicano Donald Trump.

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