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Es alto el costo que están pagando los comandantes de las Farc a raíz de sus frecuentes intervenciones en radio y televisión.
Es el costo de que los colombianos podamos verlos y oírlos en forma directa (sus hechos de violencia y sus abusos ya eran bien conocidos). A través de las pantallas hemos visto sus caras y figuras; hemos escuchado sus voces, discursos y proclamas. Hemos visto a unos comandantes desafiantes, ladrilludos, insoportablemente mamertos y dogmáticos. Su tratamiento a las víctimas transpira crueldad y arrogancia, y sus fallidos intentos de reconocimiento de sus crímenes son equívocos, medidos y cínicos. Pero, ante todo, lo que queda claro es su monumental torpeza política, su falta de entendimiento de la opinión pública, su insensibilidad e incomprensión frente a un país urbano y moderno.
Cuando se piensa en esto, es inevitable recordar la entrada del M-19 a la vida política en 1989. En lugar de los comandantes habaneros arrogantes, obesos, avejentados y antipáticos, el M-19 le hablaba al país a través de la figura fotogénica y descomplicada de Carlos Pizarro y de las declaraciones inteligentes de varios de sus jefes que lograban interesar al electorado (herederos del estilo de Jaime Bateman, un comunicador capaz de fabricar mensajes y figuras que calaban en la opinión pública). En lugar de una evidente ignorancia fariana del lenguaje y las claves de los medios de comunicación, algunos de los jóvenes jefes del M-19 los entendían bien y, con las encuestas en mente, se servían de ellos para sus propósitos (no en vano habían cultivado durante años cierta cercanía con un grupo de destacados periodistas, quienes, con buena prosa e indisimulado entusiasmo, transmitieron sus mensajes a los colombianos). En contraste con la amplia literatura de memorias y crónicas sobre el M-19, algunas escritas en tono mítico y apologético, en casi todos los libros que se refieren a las Farc los héroes no son los guerrilleros, sino sus víctimas, los secuestrados, los que pudieron escapar, los que sobrevivieron a sus abusos, los militares que participaron en los rescates.
Todo esto, sin duda, gravitará sobre el futuro de las negociaciones en marcha. Las mismas Farc deberían reconocer que si persisten el lenguaje, la arrogancia, el cinismo y la insensibilidad que proyectan en sus frecuentes contactos con los medios de comunicación (para no mencionar el impacto de sus frecuentes actos de violencia), será difícil que la opinión pública mantenga su apoyo al proceso, especialmente después de que se tenga plena conciencia de todos los “sapos” que tendrá que tragarse la sociedad colombiana para lograr la paz. Y, en esas condiciones, sería todavía más difícil contar con el apoyo popular para refrendar en las urnas lo que se acuerde en las negociaciones.
Y si de todas formas, como esperamos, el Gobierno logra, con su paciencia, tenacidad y persistencia, que termine el conflicto en forma razonable, es previsible que, a raíz de su tosca manera de concebir la política e ignorar en forma olímpica los sentimientos e intereses del electorado, las Farc enfrentarán grandes dificultades cuando salgan, sin armas, a hacer política y a buscar los votos de los colombianos. E incluso, casi con seguridad, unos pocos escaños del Congreso asignados transitoriamente a las Farc no las salvarán de derrotas electorales.