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El pasado 30 de diciembre, Li Wan Liang, un joven oftalmólogo de Wuhan, notó que siete personas que trabajaban en el mercado de mariscos y pescados de su ciudad, confinadas en un pabellón de la clínica, sufrían una extraña afección pulmonar. Al observar sus síntomas, pensó equivocadamente que se trataba, otra vez, del SARS, y así lo anunció en las redes sociales. Allí comenzaron sus problemas. La policía lo acusó de subvertir el orden y le exigió que se callara. El 7 de febrero, cuando el propio Li murió después de contraer la enfermedad, las redes sociales, informadas de la actitud de las autoridades, estallaron en protestas. En lugar de tratar de acallar la noticia, lo que se requería era una reacción rápida y decidida del gobierno. Quedó claro que esta había sido una falla de un régimen totalitario, más preocupado en mantener la imagen de poderío, normalidad y progreso que en resolver oportunamente los problemas de la gente. Distintos observadores anotan que las deficiencias del gobierno en el manejo de esta crisis han creado fisuras y tensiones en la rígida estructura de poder personal que montó el presidente Xi en los últimos años.
Hace casi 35 años, Valery Legásov, científico encargado de examinar y orientar el manejo de la crisis de la planta nuclear de Chernóbil, descubrió la verdad sobre las serias anomalías en su construcción y manejo. Antes de morir, años después, a causa de la misma radiación, fue testigo directo de los esfuerzos de su gobierno para evadir la responsabilidad en la tragedia. Como ahora lo hace el chino, el partido comunista soviético trató de ocultar que había ocurrido un gran desastre, se negó a hacer evacuaciones que hubieran salvado vidas y se apresuró a cortar las comunicaciones telefónicas para evitar que se supiera que miles de personas estaban expuestas a la radiación. Cuando la población se enteró de la magnitud de la catástrofe por las filtraciones que llegaban de la prensa extranjera, cayeron en la cuenta de que les habían mentido en materia grave y que su gobierno no los protegía. Ahora se sabe que, junto con otros descalabros, la ola de desconfianza y la demostración de la incompetencia de sus dirigentes en el manejo de este problema fueron factores que aceleraron la crisis y precipitaron el fin de la dictadura soviética.
En ninguno de los dos casos las autoridades pudieron contener el avance del problema: la radiación afectó a millones de personas de Europa y la propia Unión Soviética, y el virus se expandió de China al resto del mundo. Las autoridades de los dos países tampoco pudieron ocultar lo que ocurría y pronto quedaron en evidencia sus errores, especialmente en la fase inicial de la crisis. Debido al atraso tecnológico de la época, la verdad se conoció lentamente en el caso de Chernóbil, solo después de que los europeos reportaron que estaban detectando la radiación de una explosión que los soviéticos se empeñaban en ocultar. En cambio, ahora, en la era digital, en cuestión de minutos, las redes sociales multiplicaron las alertas que emitió Li y que cogieron mal parado a su gobierno.
Al igual que en la Inquisición y el reino de gobiernos absolutistas de todos los siglos, episodios como los que comentamos muestran cómo la verdad desafía las estructuras rígidas de poder que tratan de esconder sus errores y se empecinan en imponer dogmas y versiones oficiales.