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Con seguridad no va a ser el 13 de abril el final de la cuarentena decretada por el Gobierno. Sí puede llegar a su fin cuando se descubra una vacuna o un medicamento efectivo, algo que según los expertos puede ocurrir dentro de los próximos 18 meses o, si esto no se da, cuando la mayoría de la población se contagie y adquiera anticuerpos y así acabe la pandemia. En esta larga espera pueden suceder muchas cosas en nuestras vidas y en la economía.
Si al cabo de la cuarentena en marcha se alcanza un éxito como el que se tuvo en China, se habrá aplanado la curva y la tasa de transmisión habrá disminuido. Entonces el Gobierno, sin levantar todas las restricciones, podrá proceder a suavizar las medidas, le dará algún respiro a la economía y una proporción importante de la población volverá al trabajo. El riesgo, a juicio de los analistas, es que si suben de nuevo los casos de contagio será necesario reimplantar la cuarentena. Y así sucesivamente, tantas veces como sea necesario, hasta que aparezca la vacuna o las drogas antivirales, o cese la pandemia. Este es el tipo de escenarios que bosquejan The Economist y los analistas de McKinsey.
Ciertos observadores anotan que esta vía es demasiado costosa en términos económicos y humanos, y proponen estrategias más rápidas para volver a trabajar después de la cuarentena de las próximas semanas. La idea central es aislar únicamente a las personas más vulnerables y no, como en esta fase, a toda la población.
A mi juicio, la propuesta más interesante es la de David L. Katz, presidente de True Health Initiative, que parte de la base de que para la gran mayoría, especialmente los jóvenes sin problemas de salud, el contagio no tiene efectos graves y a veces ningún efecto (en Corea, el 99 % de los infectados presentó síntomas suaves). La propuesta de Katz consiste, entonces, en limitar el aislamiento para quienes tienen riesgo elevado, los mayores y enfermos, escogidos de acuerdo con el análisis masivo de los datos obtenidos en la cuarentena, al tiempo que las personas de bajo riesgo salen a trabajar. Una condición esencial de su esquema es que se hagan exámenes generalizados y frecuentes a todas las personas, aun a quienes no tienen síntomas.
La otra iniciativa, con algunas semejanzas a la de Katz, a cargo del premio nobel de Economía Paul Romer y el médico-economista Alan M. Garber, propone que, al cabo de la cuarentena actual, se proceda en forma cuidadosa a hacer que buena parte de la población salga a trabajar, tomando, eso sí, medidas especiales de protección. Su estrategia requiere, primero, de frecuentes exámenes periódicos a todas las personas (cada semana, por ejemplo) y, segundo, el uso masivo de equipos de protección y aislamiento: ropa especial, guantes y máscaras apropiadas. Una vez se implemente el operativo, el aislamiento social se concentrará en los más vulnerables y en aquellos cuyos exámenes arrojen resultados positivos. La asignación de suficientes (probablemente enormes) recursos, el avance tecnológico en materia de nuevas pruebas cada vez más rápidas y efectivas y de diseño de equipos de protección asegurarían el éxito de esta idea.
El mundo está pendiente de saber si subirán los contagios cuando se suavicen los controles en China. Eso dará una idea de lo que puede pasar en nuestro medio a partir de mayo.