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Uno de los mayores aportes de los primeros 100 días del gobierno de Iván Duque ha sido su estilo mesurado y conciliador, su disposición al diálogo y, en una palabra, su contribución al descenso de la polarización política del país. El presidente, de esta forma, se ha alejado de los halcones de su partido que exigían revanchas, cortes de cuentas y volver trizas las obras de su antecesor.
La otra característica de este período, que contradice una arraigada tradición de la política colombiana, fue la decisión del presidente de eliminar el uso estratégico de la llamada mermelada. Este hecho, como es natural, ha creado interrogantes sobre su capacidad de sacar adelante iniciativas críticas para su gobierno.
En estos 100 días todavía no se han planteado soluciones estructurales a ciertos problemas prioritarios represados, entre ellos la crisis de la financiación de la salud, el bloqueo del programa de las 4G o el crecimiento de los cultivos ilícitos. Para avanzar en estas materias se requerirá que el mandatario, con todo su liderazgo, se ponga al frente de la toma de numerosas decisiones complejas, así como del seguimiento permanente al desarrollo de las opciones escogidas (se recuerda, al respecto, el obsesivo empeño del presidente Uribe en los temas de la seguridad o del presidente Santos en las negociaciones de paz).
Además de apoyar y presentar propuestas en materia de corrupción, reforma política y recientemente la reforma tributaria, algunas de ellas en riesgo en el Congreso, en estos 100 días el Ejecutivo no lideró otras transformaciones institucionales, económicas o sociales, las cuales se espera que sean presentadas en los próximos meses.
En algunas circunstancias, el Gobierno reaccionó ante las presiones, reclamos y manifestaciones de ciertos sectores. Este fue el caso de la consulta contra la corrupción (ante cuyos resultados, el presidente, en buena hora, se sumó a sus organizadores y respaldó sus iniciativas), las primeras marchas por la educación pública o los airados reclamos de los cafeteros al Gobierno por la caída del precio internacional del grano (¿?), demandas que lograron rápidos apoyos presupuestales.
Aunque se reconoce su voluntad de dialogar y buscar soluciones, se anota que es posible que la actitud de responder positivamente a estas primeras situaciones de apremio pueda haber alentado nuevas manifestaciones y exigencias.
Se reconoce, eso sí, la dedicación del presidente a la realización de frecuentes talleres en sitios apartados, en donde el Gobierno en pleno concurre a dialogar y buscar soluciones a asuntos locales, eventos que recuerdan las reuniones sabatinas del presidente Uribe. No falta quien haya anotado que, a diferencia de lo que ocurre en el ámbito nacional, en estos encuentros el Gobierno central, en pequeña escala, fija la agenda, realiza promesas, se obliga y, en una palabra, gobierna.
Las encuestas muestran que al finalizar estos 100 días el presidente ha perdido buena parte de la popularidad con la que comenzó su gobierno, un hecho seguramente relacionado con la manera como se presentó la reforma tributaria, sus prioridades y su manera de comunicarse con los colombianos.
Ante esta realidad, el mandatario seguramente tendrá que hacer los ajustes necesarios, de fondo y de forma, para emprender el resto de su jornada con buenas probabilidades de éxito.