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TODO COMIENZA CON LA OBSERVAción de que Lionel Messi, el genio del Barcelona, el mejor jugador de las ligas europeas, no brilla ni se destaca en la selección argentina. Allí no mete goles y se disuelve en un mar de desesperante mediocridad.
Los comentaristas del deporte barnizados de politólogos dicen que en Argentina hay más individualidades que equipos. Señalan que la gente de ese país tiene una rara incapacidad para organizarse. La prueba es el enorme contraste entre el talento de sus artistas, intelectuales y empresarios, con la pobre calidad de sus gobernantes (Perón, los Kirchner, los militares presidentes). Y, claro, señalan el abismo entre sus luminarias futbolísticas reconocidas en todo el mundo y el pobrísimo equipo de Argentina, el de Maradona, que sólo con grandes dificultades logró su clasificación al mundial de Sudáfrica.
Los analistas deportivos conscientes de la historia dicen que no es inusual que un genio argentino brille en todo el mundo, pero no funcione en su país. El ejemplo más destacado es el del propio José de San Martín, llamado el Libertador, quien logró su madurez profesional en España (al igual que Messi), liberó a Chile y Perú, de acuerdo con un visionario plan de lucha continental. San Martín nunca dirigió el gobierno de Buenos Aires; contó, casi sin excepción, con el rechazo y la animadversión de los políticos de su país; murió exiliado en Francia y su obra sólo fue apreciada muchos años después de que salió del escenario político y militar.
Los comentaristas untados de sicoanálisis, entre ellos John Carlin de El País de Madrid, piensan que el problema es el conflicto que existe entre Maradona, el entrenador, siempre al borde del fracaso, preso de sus dudas, vicios y contradicciones —eso sí, hasta ahora, el mejor jugador del mundo de las últimas décadas—, y Messi, el joven genio ascendente del deporte. Ambos luchan por poseer a la diosa de la fama, la que otorga el título del rey del fútbol, hoy en manos de Maradona. Messi sólo se puede coronar, ante los cientos de millones de televidentes, como el mejor jugador del planeta si baja a su entrenador de ese pedestal. Ese es su destino y su desafío. En las canchas de Johannesburgo y en Ciudad del Cabo se va a reproducir una extraña versión de los conflictos del rey de Tebas con su único hijo.
Pero eso no es todo. Además del reto de Messi, el drama adquiere una mayor complejidad porque Maradona, el entrenador, sabe que dándole rienda suelta a su sucesor, y llevando al triunfo a su propio equipo, estaría destruyendo el sitio que alcanzó como jugador en la memoria de las gentes del fútbol. Para triunfar debe destruirse a sí mismo.
De acuerdo con esta visión, la tensión entre Maradona y Messi ha hecho que hasta ahora ambos, entrenador y jugador, hayan fracasado en la selección argentina.
Si este problema no se resuelve según los preceptos clásicos —con la muerte del padre y el ascenso del hijo—, lo que quedará será el tema de otro tango desconsolado que cantará, con los quejidos de los bandoneones, el fracaso del joven genio y su corte de luminarias. Lamentará la destrucción definitiva de aquel rey, obeso y preso de sus adicciones, que una vez enloqueció a las multitudes y que llorará para siempre su desgracia. La canción, por un momento, como en tantos tangos, recordará con una sonrisa lo que pudo ser y nunca fue.