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Una investigación reciente le dio piso científico al proverbio que dice: “quien comienza robando un alfiler, acaba robando un banco (un imperio)”.
Armadas de este tipo de sentencias, las abuelas de antaño predicaban que debían evitarse incluso los más mínimos gestos de deshonestidad, pues sus autores corrían el riesgo de deslizarse por un resbaladero que los conduciría a realizar grandes crímenes.
El estudio publicado en la revista Nature comienza señalando que el cerebro (más concretamente la amígdala) de una persona que realiza actos corruptos registra emociones negativas que pueden medirse por medio de imágenes de resonancia magnética, MRI, las cuales captan un fenómeno parecido al que reconoce el polígrafo cuando se dicen mentiras (algún científico nos dirá que ese malestar inducido por actos deshonestos, en campos tan diversos como las finanzas, las relaciones personales o la política, corresponde a lo que, por fuera de los laboratorios, se llama simplemente culpa o arrepentimiento).
El aspecto central del estudio muestra que, a medida que comete repetidamente actos de corrupción, se atenúan gradualmente las emociones negativas y la persona comienza a sentirse cómoda con su propia deshonestidad. Poco a poco su cerebro se adapta y, eventualmente, deja de sentir culpa y, así, puede cometer tranquilamente mayores actos de corrupción. De esta forma, una persona, literalmente, alcanza la condición de sinvergüenza y así puede lanzarse a la corruptela en gran escala.
Esta descripción nos hace recordar la trayectoria de algunos políticos que comenzaron recibiendo pequeñas donaciones de los capos de la droga en los años ochenta, probablemente sintiendo algunos escrúpulos morales, y terminaron, años después, involucrados, decidida y despreocupadamente, en los grandes escándalos electorales de los noventa.
Estudios como el publicado en Nature pueden justificar las políticas de cultura ciudadana, como las que popularizó Mockus, que predican el estricto cumplimiento de las normas, entre otras cosas, con el propósito de que los individuos sean merecedores del rechazo social incluso por infracciones menores. También podrían darles sustento a las discutidas campañas denominadas “Cero tolerancia” y “Las ventanas rotas”, las cuales se basan precisamente en la sanción a pequeñas desviaciones en el cumplimiento de los reglamentos de tránsito, limpieza y seguridad, entre otras.
Un ejemplo de estas políticas en Colombia es la decisión del Congreso de imponer fuertes castigos a los conductores de vehículos que manejan después de haber ingerido incluso bajos niveles de alcohol, una iniciativa que se complementa con campañas masivas de educación para explicar los peligros de esas conductas (sería de gran interés conocer evaluaciones rigurosas de los resultados del endurecimiento de esta política en Colombia).
Por último, estos estudios no dan luces sobre lo que hace falta para reversar una cultura de tolerancia frente a la deshonestidad y la sinvergüencería, enquistada en algunos medios, que hace que las personas no sufran malestar alguno cuando cometen pequeñas o medianas infracciones que son aceptadas e, incluso, celebradas en su medio social.
Garret N., Lazzara, S., Ariely, D. y Sharot, T., “The Brain Adapts to Dishonesty”, Nature Neuroscience, septiembre 2016.