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El modelo de manejo desarrollado por Blatter y sus secuaces de la FIFA tiene numerosas semejanzas con el que se padece en numerosas entidades en Colombia.
El suizo no sólo compró elecciones y maniobró libre de controles, sino que se mantuvo en el poder durante décadas (con períodos fijos y no reelección, al menos, se hubieran podido rotar las élites y sacar los esqueletos de los closets). Blatter, hasta que la justicia de Estados Unidos le respiró en la nuca, mantuvo el respaldo de una cantidad de países, cuyos representantes, a cambio, recibieron dádivas y participaron en robos y negociados.
Esto mismo ha ocurrido con el fútbol al interior de muchos países. Los clubes eligen a unas personas que, como contraprestación, dispensan favores entre sus electores. Con mecanismos tortuosos se compran y se venden sedes de campeonatos, derechos de televisión, patrocinios y canonjías. Con la disculpa de que se trata de ONG, fundaciones y entidades privadas, el Estado y la sociedad no pueden hacer nada para evitar sus abusos.
Este mismo modelo funciona en una variedad de entidades no deportivas cuyos miembros están atomizados y carecen de mecanismos eficaces para remover y controlar a quienes mandan en su nombre. Piénsese, por ejemplo, en algunas cooperativas o ciertas cajas de compensación marginales en las cuales los administradores controlan los órganos de poder y manejan a su antojo los recursos. Basta con que desvíen los fondos para comprar algunos liderazgos intermedios, hacer algunos favores y distraer a algunos disidentes, para garantizar su reelección y cometer tantas indelicadezas como se los permitan los recursos disponibles y la laxitud de sus conciencias. Hay casos de gremios que agrupan a miles (a veces, decenas de miles) de afiliados, pequeños y dispersos, la mayoría sin poder real, manejados por una cúpula que captura los recursos (los aportes de los afiliados y, sobre todo, los fondos parafiscales), los administra con libertad y, a veces, los filtra hacia los negocios privados de sus directivos. Las elecciones y reelecciones, remedos de procesos democráticos, se orquestan de arriba hacia abajo; sus resultados se arreglan con los favores y contraprestaciones. La posibilidad de la reelección indefinida permite que las directivas se eternicen en sus cargos. (Cualquier lector, seguramente, encontrará rápidamente que varios gremios del país se ajustan a esta descripción).
Blatter bien habría podido aprender sus mañas de la política colombiana. Fue un maestro en el manejo de la mermelada. No pocos de quienes logran un cargo de elección popular en Colombia, logran hacerse a partidas presupuestales regionales a cambio de su apoyo al gobierno; con estos fondos adquieren las voluntades de jefes y votantes regionales para mantenerse en el poder. En el camino, por supuesto, queda un reguero de plata repartida entre contratistas, alcaldes, gobernadores, jefes menores y calanchines de todos los pelambres. Así se reproduce un sistema político cerrado como el de la FIFA: sin mayor rendición de cuentas, con corrupción y engaño a los electores.
Quienes se han indignado con las noticias de los escándalos de la FIFA deberían volver sus ojos hacia numerosas instituciones colombianas. La organización del fútbol mundial es un espejo en el cual pueden verse numerosas cosas desagradables de este país.